Durante décadas, el fascismo fue presentado como un fenómeno exclusivamente ligado a la extrema derecha, a los uniformes pardos, a las marchas marciales y a los símbolos nacionales exacerbados. Sin embargo, la historia política del siglo XXI muestra una mutación inquietante: los métodos, las pulsiones autoritarias y la intolerancia que definieron a los totalitarismos clásicos han encontrado nuevos portadores, nuevos discursos y nuevos colores. Hoy, con frecuencia, visten de rojo.
"Hodio" te vigila
El nuevo autoritarismo no se proclama enemigo de la libertad, sino su supuesto salvador. No habla de raza ni de imperio, sino de igualdad, seguridad o justicia social. Pero bajo ese lenguaje moralmente blindado se repiten patrones conocidos: control del discurso público, estigmatización del disidente, colonización de las instituciones, presión sobre jueces y medios, y la idea de que el adversario político no es un rival legítimo, sino un enemigo peligroso al que hay que neutralizar.
La censura ya no se impone siempre con botas, sino con algoritmos, linchamientos digitales y leyes ambiguas contra el "odio" o la "desinformación" que terminan castigando opiniones incómodas. La propaganda no se llama propaganda, sino "relato". Y la uniformidad ideológica no se exige en nombre de la nación, sino de la virtud. Quien no repite las consignas correctas es señalado, aislado o expulsado del espacio público.
Paradójicamente, este fenómeno prospera en sociedades que se consideran inmunes al totalitarismo. La memoria histórica selectiva ha construido un antifascismo retórico que permite prácticas cada vez más coercitivas siempre que se ejerzan contra los "malos". Así, la intolerancia se vuelve aceptable si se presenta como defensa de la democracia, y el poder creciente del Estado se justifica como protección de los vulnerables.
El resultado es una inversión inquietante: quienes se autoproclaman herederos de la libertad adoptan tácticas de control social propias de aquello que dicen combatir. El fascismo, entendido no como una ideología concreta sino como una forma de ejercer el poder —uniformadora, excluyente, moralmente absolutista—, ya no se reconoce por el color de las banderas, sino por el desprecio hacia el pluralismo real.
Porque el autoritarismo no pertenece a una ideología fija. Es una tentación permanente del poder. Y cuando se convence a una sociedad de que la libertad es peligrosa, que la discrepancia es odio y que el Estado debe protegernos de pensar mal, el uniforme es lo de menos. Puede ser pardo, negro… o rojo.
miércoles, 18 de marzo de 2026
El fascismo viste de rojo: ha cambiado de bando
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