viernes, 20 de marzo de 2026

Santiago Segura no necesita subvenciones

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El éxito molesta cuando no depende de nadie. Y si hay alguien en el cine español que ha demostrado, una y otra vez, que puede llenar salas sin pedir permiso ni dinero público, ese es Santiago Segura. Su saga de Torrente no nació al calor de subvenciones, sino del olfato comercial, del conocimiento del público y de una libertad creativa que hoy escasea. Por eso su último fenómeno, Torrente Presidente, no solo triunfa en taquilla: también incomoda.

La incomodidad es doble. Primero, porque desmonta el relato de que el cine español solo sobrevive gracias al Estado. Segundo, porque lo hace desde el humor más popular, sin complejos ideológicos y sin pedir perdón. Segura hace lo que muchos no se atreven: entretener a la mayoría, no a una minoría militante.

La Ser desvela los cameos de la película

En ese contexto, la polémica sobre los cameos revela mucho más de lo que parece. Que una cadena de radio decida destripar las sorpresas de la película no es una simple anécdota periodística: es una forma de pinchar el globo del éxito ajeno. Los cameos son parte esencial del juego cinematográfico, del boca-oreja, del espectáculo. Reventarlos es sabotear la experiencia del espectador y, de paso, rebajar el impacto cultural del filme.

Segura se ha enfadado, y con razón. Porque detrás de esa filtración hay algo más que curiosidad informativa: hay una cierta irritación ante un producto que funciona sin tutela, sin subvención y sin alineamiento político claro. Un producto que conecta con la España real, no con la oficial.

La película no hace ninguna referencia a José Luis Ábalos

La ironía alcanza su punto máximo cuando se compara a José Luis Ábalos con un "Torrente real". El paralelismo es tentador: exceso, esperpento, caricatura involuntaria. Pero Segura, más listo de lo que muchos creen, evitó incluir a políticos en activo. No por miedo, sino por inteligencia narrativa. Torrente funciona porque es grotesco pero universal; si se convierte en sátira directa de figuras concretas, envejece en semanas y pierde su poder simbólico.

Además, hay una diferencia fundamental: el Torrente ficticio provoca risa; el real produce bochorno. Y la comedia necesita distancia, no telediario.

El éxito no es una afrenta, la envidia sí

Que Segura no necesite subvenciones tampoco significa que reniegue del sistema de ayudas, sino que su modelo es otro: riesgo empresarial, conexión con el público y control creativo. Algo que, paradójicamente, debería celebrarse en cualquier industria cultural sana. El éxito autosuficiente libera recursos para proyectos más minoritarios. Pero en España, triunfar por libre suele interpretarse como una afrenta.

Al final, lo que subyace no es una discusión sobre cine, sino sobre poder cultural. ¿Quién decide qué merece éxito? ¿El público o los prescriptores? Cuando la respuesta es el público, algunos se ponen nerviosos.

Segura ha construido un imperio cómico sin pedir permiso y sin pedir dinero. Y eso, más que cualquier chiste de Torrente, es lo verdaderamente subversivo.

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