sábado, 28 de marzo de 2026

Juegos Olímpicos, por fin: "El acceso está reservado solo a mujeres biológicas"

Imane Khelif: ¿boxeador o boxeadora?

Tras años de ambigüedad calculada, de eufemismos burocráticos y de cesiones a la presión ideológica, el Comité Olímpico Internacional (COI) parece dispuesto a afrontar una realidad que durante demasiado tiempo se ha querido esquivar: el deporte femenino existe porque existen diferencias biológicas entre hombres y mujeres.

La nueva orientación —que reservaría la categoría femenina a mujeres biológicas— no es una extravagancia reaccionaria, como algunos pretenden caricaturizar, sino un retorno al sentido común. Durante décadas, el deporte ha separado categorías no por capricho, sino para garantizar algo esencial: la igualdad de condiciones. Sin esa premisa, la competición pierde su razón de ser.

El giro no surge en el vacío. Llega tras una cadena de decisiones en federaciones internacionales como World Athletics o World Aquatics, que ya han limitado la participación de mujeres trans en competiciones femeninas de élite. No se trata de discriminación, sino de reconocer que la biología —masa muscular, densidad ósea, capacidad pulmonar— no desaparece por decreto.

No se trata de discriminación, sino de reconocer que la biología —masa muscular, densidad ósea, capacidad pulmonar— no desaparece por decreto.

Durante años, el COI optó por una cómoda equidistancia: ni prohibir ni regular de forma clara. Delegó en las federaciones, diluyó responsabilidades y evitó el coste político. Pero esa indefinición ha tenido consecuencias. Ha generado inseguridad jurídica, agravios comparativos entre deportes y, sobre todo, una creciente sensación de injusticia entre muchas deportistas.

El debate se ha intensificado con casos mediáticos como el de Imane Khelif en los Juegos de París, convertidos en símbolo —con frecuencia de forma simplificada— de una discusión mucho más compleja. Porque aquí no solo se cruzan ciencia y deporte, sino también identidad, derechos y política.

Reconocer la realidad biológica no implica negar la dignidad de nadie. El respeto a las personas trans es un principio irrenunciable en una sociedad democrática. Pero el deporte de élite no es un espacio abstracto de identidad, sino un sistema basado en el rendimiento físico y en categorías diseñadas para preservar la equidad.

La pregunta, en última instancia, es incómoda pero inevitable: ¿puede existir el deporte femenino si se ignoran las diferencias biológicas que justifican su existencia? La respuesta, por mucho que incomode a algunos, parece evidente.

El COI llega tarde, pero llega. Y en un tiempo en el que tantas instituciones dudan ante lo obvio, no es poca cosa. Porque a veces, defender la igualdad exige, precisamente, reconocer las diferencias.

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