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Zapatero, Delcy Rodríguez y María Corina Machado. |
Los hechos son tercos. Mientras Naciones Unidas, a través de la Oficina de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos —primero con Michelle Bachelet y después con Volker Türk— documentaba ejecuciones extrajudiciales, torturas, detenciones arbitrarias y persecución política sistemática, Zapatero hablaba de “voluntad de diálogo” y “avances democráticos”. Mientras la Misión Internacional Independiente de la ONU concluía que en Venezuela se habían cometido crímenes de lesa humanidad, el expresidente español seguía prestándose como legitimador externo del régimen.
El Parlamento Europeo, en varias resoluciones aprobadas por amplias mayorías, ha condenado reiteradamente el carácter fraudulento de los procesos electorales venezolanos, la inhabilitación arbitraria de líderes opositores y la ausencia total de separación de poderes. Zapatero, sin embargo, nunca estuvo del lado de esas resoluciones. Prefirió colocarse como interlocutor privilegiado de quienes hoy están señalados internacionalmente por graves violaciones de derechos humanos.
Ese historial explica su nerviosismo actual. Zapatero no busca una transición democrática real; busca una transición que no lo incrimine políticamente, una salida pactada que diluya responsabilidades y preserve el relato de que “todo fue un malentendido”. Su activismo no es altruista: es autoprotección.
En ese esquema, María Corina Machado es un problema. Y no uno menor. Es la líder con mayor legitimidad popular, la figura que no ha pactado, la que ha denunciado sin ambigüedades la naturaleza criminal del régimen y la que cuenta con un respaldo internacional creciente, culminado con el Premio Nobel de la Paz. Machado representa una ruptura total con el pasado. Zapatero, en cambio, es parte de ese pasado.
Por eso intenta aislarla. Por eso su entorno impulsa fórmulas de “diálogo” sin ella. Por eso se habla de transiciones “inclusivas” donde curiosamente siempre sobran quienes no están dispuestos a blanquear nada. Zapatero necesita una Venezuela que pase página sin leerla. Machado exige justicia, verdad y responsabilidades.
No es casual que organizaciones como Human Rights Watch, Amnistía Internacional o Foro Penal hayan sido mucho más claras que Zapatero a la hora de señalar al régimen. Tampoco es casual que la diáspora venezolana, especialmente en Europa, identifique su figura como una de las más dañinas para la causa democrática. Zapatero no es un puente: es un obstáculo.
El expresidente español sabe que una Venezuela libre, liderada por quienes no le deben nada, revisaría el papel de todos los actores internacionales que sostuvieron —por acción u omisión— al chavismo. Y sabe también que el juicio más severo no siempre se celebra en los tribunales, sino en la historia. De ese descrédito intenta huir.
Zapatero no media. Se protege.
No acompaña una transición. La condiciona.
Y no actúa contra María Corina Machado por Venezuela, sino porque ella encarna exactamente lo que él no puede permitirse: una democracia sin coartadas.
Zapatero no teme al futuro de Venezuela. Teme al pasado que regrese con nombre y apellidos. Por eso se disfraza de mediador, por eso estorba a quienes no aceptan atajos, por eso combate a María Corina Machado. No es una cuestión de ideología, sino de supervivencia política. En toda transición auténtica hay una línea clara entre los que ayudaron a liberar y los que ayudaron a prolongar el cautiverio. Zapatero lo sabe. Y sabe, también, en qué lado quedará escrito su nombre.

A Zapatero no le importa Venezuela, los venezolanos ni la democracia. Su verdadera intención es evitar el descrédito en que ha caído al apoyar un régimen criminal y, sobre todo, evitar rendir cuentas ante la justicia estadounidense. Su cita con Delcy Rodríguez es una maniobra desesperada para evitar la cárcel por su apoyo a una narcodictadura.
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