lunes, 9 de febrero de 2026

El colapso de la izquierda: ¿dónde está la superioridad moral de la que tanto presumen?

Las elecciones en Aragón han dejado algo más que un reparto de escaños: han expuesto, sin maquillaje ni excusas, el colapso moral, intelectual y político de la izquierda española. Un derrumbe que no se explica solo por errores tácticos o liderazgos fallidos, sino por el agotamiento de un relato que durante años se presentó como incuestionable: el de la supuesta superioridad moral.

Durante décadas, la izquierda ha construido su hegemonía cultural no tanto desde la gestión eficaz como desde una posición de permanente juicio ético sobre el adversario. Quien no pensaba como ella era reaccionario, insensible, egoísta o directamente peligroso. 

Esa superioridad moral —repetida como un mantra— servía para justificar políticas fallidas, alianzas incómodas y un progresivo alejamiento de la realidad social. Aragón ha sido uno de los escenarios donde ese espejismo se ha roto con mayor crudeza.

Los resultados muestran una izquierda fragmentada, incapaz de movilizar a su electorado tradicional y desconectada de las preocupaciones reales de la ciudadanía. 

El discurso identitario, la política simbólica y la confrontación constante han sustituido al debate sobre empleo, servicios públicos, fiscalidad o mundo rural. Cuando el votante percibe que se le habla desde arriba, con condescendencia moral y sin soluciones prácticas, la respuesta suele ser el abandono o el castigo en las urnas.

Pero el mensaje de Aragón no es solo una enmienda a la izquierda. También revela el agotamiento del Partido Popular como alternativa ilusionante. El PP resiste más por inercia que por proyecto, más por rechazo al adversario que por adhesión entusiasta. 

Su incapacidad para articular un discurso propio deja un vacío que otros ocupan con mayor claridad ideológica. La alternancia sin renovación no entusiasma; simplemente administra el desgaste ajeno.

La llamada "superioridad moral" se desmorona cuando se contrasta con la realidad: cuando se gobierna mal, cuando se toleran incoherencias flagrantes o cuando se exige ejemplaridad solo a los demás. 

Aragón ha demostrado que los votantes ya no compran relatos morales prefabricados ni consignas importadas de los despachos madrileños. Quieren cercanía, coherencia y resultados.

El colapso de la izquierda no es coyuntural; es estructural. Y el cansancio con el PP tampoco es accidental; es consecuencia de años de oposición cómoda y propuestas tímidas. 

El tablero político se mueve porque la ciudadanía ha dejado de creer en quienes se arrogaban la virtud como patrimonio exclusivo. Cuando la moral se convierte en propaganda y no en conducta, acaba pasando lo inevitable: deja de convencer.

Aragón no ha sido una anomalía. Ha sido un aviso. 

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