Cuando uno cree haberlo visto todo en la política española, aparece Gabriel Rufián, el payaso del congreso, para recordarnos que siempre se puede ir varios pasos hacia atrás. Su última ocurrencia —rescatar el concepto de "frente popular" como fórmula política— no es solo un desliz retórico ni una boutade para redes sociales: es una declaración ideológica que resume a la perfección el estado de descomposición del bloque que sostiene al Gobierno.
Hablar de "frente popular" en la España de 2026 no es inocente. No es una metáfora simpática ni una referencia cultural neutra. Es un concepto cargado de historia, de sectarismo y de confrontación, asociado a la política de bloques, a la exclusión del adversario y a la idea de que solo una parte del país es legítima. Recuperarlo no es modernizar el debate: es embrutecerlo.
Rufián, que lleva diez años instalado en la provocación permanente, vuelve a ejercer de agitador verbal de un espacio político que ya no sabe cómo mantenerse unido. ERC, en caída libre electoral, necesita ruido para ocultar su irrelevancia creciente. Y nada genera más ruido que invocar fantasmas del pasado con un tono chulesco, como si la política fuera un hilo de X y no un ejercicio de responsabilidad pública.
Pero el problema va más allá de Rufián. Lo realmente inquietante es que su propuesta encaja como un guante en la lógica del sanchismo tardío: sumar cualquier cosa, a cualquier precio, con tal de conservar el poder. El "frente popular" no es una idea aislada, sino la verbalización brutal de lo que ya existe en la práctica: una coalición de intereses incompatibles, unida solo por el rechazo al adversario común y por el reparto de prebendas.
Nacionalistas, populistas, extrema izquierda, restos de una socialdemocracia sin rumbo… todos bajo el mismo paraguas, sin proyecto compartido, sin visión de país y sin más horizonte que resistir un poco más. No es un frente popular: es un frente del agotamiento.
La paradoja es que quienes presumen de progreso y modernidad recurren una y otra vez al lenguaje más viejo, más rancio y más divisivo de nuestra historia política. Mientras hablan de convivencia, reabren trincheras. Mientras invocan el diálogo, señalan al discrepante como enemigo. Y mientras dicen defender la democracia, la reducen a una aritmética parlamentaria sostenida por minorías cada vez más radicalizadas.
Rufián no propone nada nuevo. Solo pone nombre a una estrategia fracasada. Su "frente popular" no suma: resta. No ilusiona: asusta. Y no fortalece la democracia: la empobrece.
Porque cuando la política se convierte en un frente, el país deja de ser un proyecto común para transformarse en un campo de batalla. Y en ese terreno, como la historia ya demostró, nunca gana nadie. Solo se pierde tiempo, convivencia y futuro.

El frente de izquierdas de Gabriel Rufián se estrella antes de despegar. Izquierda Unida, Podemos, Bildu, el BNG, Compromís y Más Madrid corrieron ayer a desvincularse de los planes de Rufián, e incluso a cerrarle la puerta. Pero es que hasta ERC, el partido en el que milita y del que es portavoz en el Congreso, desautorizó a Rufián sin miramientos.
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