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Saco de mierda |
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El problema no es solo de formas —que ya sería grave—, sino de fondo: una preocupante falta de empatía incompatible con la responsabilidad institucional que ostenta.
Un ministro no es un tuitero más. Representa al Estado y, por tanto, debería ser capaz de entender que detrás de cada crítica, de cada queja o de cada protesta hay ciudadanos que sufren consecuencias reales: retrasos, infraestructuras deficientes, accidentes, pérdidas económicas o, en los casos más graves, tragedias personales.
Sin embargo, Puente suele responder a estos episodios con sarcasmo, desdén o ataques personales, como si el objetivo principal fuera ganar un cruce dialéctico y no ofrecer explicaciones, asumir responsabilidades o mostrar comprensión.
Esta actitud se repite de forma sistemática. Cuando surgen problemas en el transporte ferroviario, cuando los usuarios denuncian un servicio deficiente o cuando la oposición plantea preguntas legítimas, la reacción del ministro rara vez es calmada o empática. Al contrario, opta por la burla, la minimización del problema o el señalamiento del adversario político. El mensaje implícito es claro: la prioridad no es el ciudadano afectado, sino el relato político.
La falta de empatía no es un defecto menor en política. Es un síntoma de desconexión con la realidad social. Gobernar exige algo más que ingenio en redes sociales; requiere sensibilidad, templanza y la capacidad de ponerse en el lugar de quien padece las consecuencias de las decisiones —o de los errores— del poder. Cuando un ministro parece más cómodo polemizando que escuchando, algo falla.
Óscar Puente puede contar con el aplauso de su parroquia digital, pero ese respaldo no sustituye la obligación básica de cualquier cargo público: respetar a los ciudadanos, incluso —y sobre todo— cuando están enfadados, decepcionados o sufriendo. La empatía no debilita la autoridad; la refuerza. Y su ausencia, lejos de proyectar fortaleza, transmite soberbia e indiferencia.
En un contexto de creciente desafección política, actitudes como la de Puente no hacen sino agrandar la distancia entre los gobernantes y los gobernados. España no necesita ministros agresivos en Twitter, sino responsables públicos capaces de escuchar, comprender y actuar con humanidad.


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