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-No voy a dimitir, no voy a dimitir, no voy a dimitir... |
España vive una crisis ferroviaria permanente. Retrasos crónicos, averías constantes, trenes detenidos durante horas, viajeros abandonados y una sensación creciente de caos. Cada incidente es tratado como un hecho aislado, cuando en realidad dibujan un patrón claro: falta de mantenimiento, improvisación y ausencia de responsabilidades políticas. Y todo eso tiene un nombre propio en el organigrama del Gobierno.
Puente no gobierna Transportes: tuitea contra los que denuncian el sanchismo. Su prioridad no es que los trenes lleguen a tiempo, sino ganar el relato en redes sociales, desacreditar al crítico y blindar al Gobierno frente a cualquier señalamiento. Cuando ocurre una tragedia o un colapso, el manual es siempre el mismo: minimizar, culpar a factores externos y pedir que no se "politice" lo que, por definición, es político.
La incompetencia no siempre se manifiesta en grandes escándalos; a veces se nota en la suma de pequeños desastres cotidianos. Miles de ciudadanos que pierden horas de vida en estaciones, trabajadores que llegan tarde, familias atrapadas en convoyes sin información. Eso también es mala gestión, aunque no abra telediarios con imágenes espectaculares.
Un ministro serio comparece, explica, asume errores y corrige. Óscar Puente se defiende, ataca y se victimiza. Confunde lealtad con servilismo y liderazgo con arrogancia. Y mientras tanto, la infraestructura envejece, el sistema se degrada y la confianza pública se evapora.
El problema no es solo Puente. Es un Gobierno que premia la obediencia ciega y la agresividad verbal por encima de la competencia. Pero Puente es el símbolo perfecto de ese modelo: mucho ruido, poca gestión y cero autocrítica.
En cualquier democracia madura, un ministro así ya habría dimitido o habría sido cesado. En la España actual, se le aplaude. Y ese aplauso, tarde o temprano, lo pagan los ciudadanos… en el andén.

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