viernes, 23 de enero de 2026

Ícaro, el documental sobre los disturbios del procés que ha puesto a Filmin en la diana de los separatistas


Durante años, el relato oficial del procés ha funcionado como un dogma: manifestaciones "pacíficas", represión desproporcionada del Estado y un pueblo indefenso enfrentado a una maquinaria autoritaria. Cualquier matiz era considerado una provocación. Cualquier discrepancia, una herejía. Por eso, el reciente documental emitido por Filmin sobre los disturbios del procés ha provocado una reacción tan airada en el entorno separatista: porque rompe el monopolio del relato.

El problema no es Filmin.
El problema es la realidad.


El documental no inventa nada. Muestra imágenes, recoge testimonios, contextualiza hechos que durante años fueron cuidadosamente maquillados o directamente ocultados: violencia callejera, sabotajes, acoso a policías, ataques a infraestructuras y una estrategia de tensión perfectamente organizada. Nada de eso encaja bien con la épica del "somos gente de paz".

La reacción no se ha hecho esperar. Campañas de boicot, acusaciones de "traición", presión en redes sociales y el clásico intento de intimidación moral: quien no repite el mantra es automáticamente "facha", "represor" o "enemigo de Cataluña". Es el viejo método: no se discute el contenido, se lincha al mensajero.

Resulta revelador que quienes llevan años exigiendo "libertad de expresión" y "derecho a decidir" reaccionen con tanta virulencia cuando una plataforma privada decide emitir un contenido que no encaja con su narrativa. La libertad, al parecer, solo es aceptable cuando confirma lo que ya creen.

Filmin, una plataforma culturalmente asociada al progresismo y al cine de autor, no puede ser acusada precisamente de connivencia con el "centralismo español" o con la derecha política. Y quizá por eso la herida escuece más: el relato alternativo no viene del adversario político tradicional, sino desde un espacio que el independentismo consideraba ideológicamente seguro.

Este episodio confirma algo que muchos ya intuían: el procés no solo fue un desafío político y legal, sino también una gigantesca operación de control del relato. Durante años se construyó una burbuja emocional en la que cualquier imagen incómoda debía desaparecer. El documental de Filmin pincha esa burbuja.

La reacción de los sectores separatistas no es señal de fortaleza, sino de debilidad. Quien está seguro de su causa no teme un documental. Quien confía en la verdad no necesita silenciar miradas incómodas. Pero cuando el mito empieza a resquebrajarse, la respuesta suele ser el ataque.

Al final, la pregunta no es por qué Filmin ha emitido este documental, sino por qué durante tanto tiempo no se pudieron ver estas imágenes sin provocar una tormenta política. Quizá porque el procés, más que un movimiento democrático, fue —y sigue siendo— un relato que no soporta el contraste con la realidad.

Y eso, precisamente, es lo que más molesta.

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