sábado, 27 de junio de 2026

Las hazañas "humanitarias" de Zapatero o el humanitarismo selectivo


Hay personas que dedican su vida a la cooperación internacional, a la defensa de los derechos humanos o a la mediación en conflictos. Y luego está José Luis Rodríguez Zapatero, que ha logrado una categoría propia: la del humanitarismo selectivo, una disciplina compleja que exige una notable capacidad para distinguir entre las víctimas que merecen atención y las que, por razones todavía no del todo esclarecidas, conviene contemplar desde una prudente distancia.

El expresidente español ha cultivado durante años una imagen de mediador paciente, dialogante y comprometido con la paz. Una vocación admirable. Al fin y al cabo, ¿quién podría oponerse al diálogo? El problema surge cuando el diálogo parece convertirse en un fin en sí mismo, incluso cuando una de las partes dispone de cárceles, tribunales dóciles y abundantes recursos para silenciar a sus adversarios.

Su relación con Venezuela constituye probablemente la obra maestra de esta escuela diplomática. Mientras numerosas organizaciones internacionales denunciaban vulneraciones de derechos fundamentales, Zapatero insistía en la necesidad de comprender la complejidad de la situación. Y es cierto: pocas cosas hay más complejas que explicar por qué ciertas denuncias merecen contundencia verbal y otras apenas suscitan una llamada a la moderación de todas las partes, como si la simetría moral pudiera resolverse mediante una elegante fórmula de equidistancia.

Hay que reconocerle, además, una notable resistencia a las modas. Cuando buena parte de la comunidad internacional endurecía sus críticas, él perseveraba en la búsqueda de entendimientos. La constancia es una virtud escasa en política. También lo es la capacidad de mantener la serenidad mientras otros se empeñan en mencionar cuestiones incómodas como presos políticos, falta de garantías electorales o restricciones a las libertades civiles.

Sus defensores sostienen que ha contribuido a evitar tensiones mayores y que la negociación siempre es preferible a la confrontación. Sus detractores responden que algunas negociaciones terminan proporcionando legitimidad a quienes precisamente deberían estar sometidos a un escrutinio más severo. Ambas posiciones tienen argumentos. Lo que resulta verdaderamente fascinante es observar cómo Zapatero consigue aparecer una y otra vez en el centro de estas controversias sin que parezca alterarse demasiado su confianza en el poder terapéutico de las conversaciones.

Quizá esa sea su principal hazaña humanitaria: la fe inquebrantable en que todo conflicto puede resolverse hablando, incluso cuando una de las partes utiliza el diálogo como decoración institucional mientras consolida su posición. Una confianza tan sólida que roza lo conmovedor.

Algunos la llaman ingenuidad. Otros, pragmatismo. Los más entusiastas, diplomacia. Y los más escépticos sospechan que, en ocasiones, la neutralidad puede acabar pareciéndose demasiado a una toma de partido cuidadosamente envuelta en lenguaje conciliador.

Pero sería injusto concluir con severidad. Después de todo, no cualquiera logra que su nombre aparezca asociado durante años a causas humanitarias sin necesidad de cargar con la incomodidad de denunciar con demasiada claridad a los responsables de las crisis humanitarias. Esa combinación de presencia constante y definición difusa exige, sin duda, un talento singular.

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