Durante décadas se dio por sentado que el catalanismo político y la identidad católica caminaban de la mano. La historia de Cataluña parecía avalar esa asociación: parroquias activas, una extensa red educativa de inspiración cristiana y una sociedad donde la fe formaba parte de la vida cotidiana. Sin embargo, la realidad actual muestra un panorama muy diferente.
La Sagrada Familia
Resulta significativo que las parroquias más pujantes de Barcelona se encuentren hoy tanto en la parte alta de la ciudad, tradicionalmente más conservadora, como en Nou Barris y otras zonas periféricas donde se concentra buena parte de la inmigración. Allí las iglesias se llenan, las comunidades crecen y los sacramentos siguen teniendo una notable presencia social.
Por contraste, donde la desertización religiosa resulta más visible es en la Cataluña rural, precisamente aquella que durante años abrazó con más intensidad el independentismo. En muchos de esos municipios, antaño profundamente católicos, apenas se bautizan niños ni se celebran matrimonios religiosos. Existen incluso pueblos donde hace años que no se organizan primeras comuniones. La práctica religiosa se ha convertido en una excepción.
La vieja asociación entre catalanismo e identidad católica hace tiempo que dejó de describir la realidad social catalana. Hoy, buena parte de los católicos practicantes se encuentran en ambientes urbanos, en familias procedentes de otras regiones de España o entre comunidades inmigrantes que viven su fe con naturalidad y sin vincularla a proyectos nacionalistas.
La defunción de la mal llamada «Iglesia catalana» quedó especialmente visible durante la vigilia presidida por el papa León XIV en el estadio de Montjuïc. El ambiente desmentía por sí solo muchos de los relatos construidos durante años. Entre los asistentes abundaban las banderas españolas y brillaban por su ausencia las esteladas. La identidad católica que allí se expresaba aparecía como algo universal, ajeno a las fronteras ideológicas que tantos han intentado imponerle.
No deja de ser revelador que algunos de los dirigentes independentistas más beligerantes hayan mostrado históricamente una abierta hostilidad hacia la Iglesia.
Carles Puigdemont llegó a referirse al colegio cardenalicio como «escarabajos purpurados», una expresión especialmente desafortunada por las resonancias históricas que evoca. Durante la Guerra Civil, «escarabajos» era uno de los términos utilizados por milicianos anticlericales para referirse despectivamente a sacerdotes y religiosos que, en demasiadas ocasiones, acabaron siendo asesinados.
Quizá la lección más importante sea que la fe católica, cuando permanece viva, trasciende identidades nacionales y proyectos políticos.
Mientras el nacionalismo pierde fuerza entre muchos creyentes, las comunidades cristianas que crecen en Cataluña lo hacen precisamente porque se reconocen parte de una realidad mucho más amplia que cualquier frontera regional.
La Iglesia es universal o deja de ser Iglesia. Y cada vez más católicos catalanes parecen haberlo comprendido.
jueves, 11 de junio de 2026
El nacionalismo pierde a los creyentes catalanes
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