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La vejez dorada de José Bono en República Dominicana |
Sin embargo, los escándalos que periódicamente sacuden al partido han alimentado una percepción cada vez más extendida entre muchos ciudadanos: la de que algunos de sus responsables han dedicado más esfuerzos a enriquecerse ellos mismos que a generar prosperidad para el conjunto de la sociedad.
La riqueza de una nación no surge de los discursos ni de los decretos. Se crea mediante la inversión, el emprendimiento, la innovación, el trabajo y la seguridad jurídica.
Los países avanzan cuando sus gobiernos favorecen un entorno donde empresas y trabajadores pueden desarrollar sus proyectos con libertad y confianza. Sin embargo, cuando la política se convierte en una red de favores, comisiones, clientelismo y colocaciones, la creación de riqueza queda relegada a un segundo plano.
El problema no es únicamente económico, sino también moral. Resulta especialmente grave que quienes se presentan como guardianes de la ética pública terminen protagonizando episodios que erosionan la confianza de los ciudadanos en las instituciones.
Cada caso de corrupción no solo afecta a los implicados; también debilita la credibilidad del sistema democrático y alimenta el desencanto de millones de personas que cumplen con sus obligaciones fiscales y legales.
Muchos votantes progresistas observan con decepción cómo dirigentes que hablaban de sacrificios colectivos, justicia social y ejemplaridad pública terminan envueltos en investigaciones, acusaciones o comportamientos incompatibles con los principios que decían defender.
La indignación aumenta cuando quienes exigían transparencia a sus adversarios parecen mostrarse mucho más indulgentes cuando las sospechas afectan a los suyos.
La verdadera política social no consiste en repartir una riqueza que no existe, sino en crear las condiciones para que esa riqueza pueda generarse. Sin crecimiento económico sostenible no hay empleo de calidad, ni pensiones seguras, ni servicios públicos sólidos.
Cuando un gobierno dedica más energía a preservar redes de poder que a impulsar reformas que favorezcan la productividad y la competitividad, el resultado acaba siendo un empobrecimiento general de la sociedad.
La cuestión de fondo es si el socialismo español quiere volver a ser una fuerza centrada en la gestión eficaz y el interés general o si continuará atrapado en una dinámica donde la conservación del poder y los intereses particulares prevalecen sobre las necesidades reales de los ciudadanos.
Cuando la política deja de estar orientada a crear oportunidades para todos y pasa a convertirse en una herramienta para el beneficio de unos pocos, deja de ser un instrumento de progreso para convertirse en un problema.
Y es precisamente esa sensación la que parece extenderse entre una parte creciente de la sociedad: que mientras muchos españoles luchan por llegar a fin de mes, algunos de quienes prometían repartir la riqueza han terminado siendo los primeros interesados en acumularla para sí mismos.

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