miércoles, 17 de junio de 2026

Venezuela, una decepción colectiva: "Esto no mejora, empeora cada día"

El creciente malestar de una parte de la sociedad venezolana frente a la intervención estadounidense revela una realidad incómoda: la caída de un régimen o la apertura económica no garantizan automáticamente una mejora en la vida cotidiana de la población. Cuando las expectativas son elevadas y los resultados tardan en llegar, la frustración suele ocupar el lugar de la esperanza. 

Durante meses, muchos venezolanos vieron en la participación de Estados Unidos una oportunidad para superar décadas de autoritarismo, corrupción y deterioro económico. Las primeras medidas permitieron aumentar la producción petrolera, atraer inversiones y generar expectativas de crecimiento. Sin embargo, la inflación continúa golpeando a las familias, los salarios siguen siendo insuficientes y la recuperación económica apenas se percibe fuera de determinados sectores. 

El problema no es únicamente económico. También existe una creciente sensación de pérdida de soberanía. Muchos venezolanos que rechazaban al antiguo régimen comienzan a preguntarse si las decisiones fundamentales del país se toman realmente en Caracas o en Washington. La percepción de que los intereses energéticos y estratégicos estadounidenses ocupan un lugar prioritario alimenta el descontento de quienes esperaban una transición más autónoma y democrática. 

La historia demuestra que las intervenciones extranjeras rara vez son juzgadas por sus intenciones declaradas. La población las evalúa por sus resultados concretos. Si el ciudadano común sigue enfrentando inflación, incertidumbre y dificultades para llegar a fin de mes, resulta inevitable que aparezcan críticas incluso entre quienes inicialmente respaldaron el cambio político. 

Además, la propia evolución de las encuestas refleja una contradicción significativa. Mientras una parte importante de los venezolanos apoyó inicialmente la intervención esperando una transformación rápida, ahora crece la preocupación por la duración indefinida de la transición y por la ausencia de avances políticos visibles. La paciencia social tiene límites, especialmente después de tantos años de crisis. 

Lo que ocurre en Venezuela debería servir como recordatorio de una verdad elemental: ningún país puede construir una estabilidad duradera únicamente sobre la base de la tutela externa. La inversión extranjera, la ayuda internacional o el respaldo diplomático pueden facilitar una recuperación, pero la legitimidad política y la confianza ciudadana solo pueden consolidarse cuando los venezolanos perciben que el futuro de su nación vuelve a estar en sus propias manos.

La frase que cada vez se escucha con más frecuencia —"esto no mejora, empeora cada día"— no es solo una crítica económica. Es la expresión de una decepción colectiva ante unas expectativas que fueron enormes y unos resultados que, para muchos ciudadanos, siguen siendo insuficientes. 

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