Durante años, millones de venezolanos depositaron sus esperanzas en la idea de que una presión internacional creciente acabaría provocando la caída de Nicolás Maduro y abriría el camino hacia una transición democrática. 
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Cuando finalmente se produjo su captura, muchos creyeron que había llegado el momento de que Venezuela recuperara su soberanía política y pudiera decidir libremente su futuro. Sin embargo, la realidad resultó muy distinta.
El gran engaño no consistió en prometer la salida de Maduro, sino en presentar esa salida como sinónimo de democracia. Son dos cosas muy diferentes.
Tras la captura del líder chavista, Donald Trump anunció que Estados Unidos administraría Venezuela hasta que existiera una transición "segura y adecuada". Lejos de transferir inmediatamente el poder a instituciones venezolanas o a dirigentes opositores legitimados por las urnas, Washington decidió supervisar directamente el proceso y reservarse la última palabra sobre los tiempos y las condiciones del cambio político.
Muchos venezolanos habían imaginado una transición encabezada por figuras de la oposición que llevaban años enfrentándose al régimen. Sin embargo, la estrategia estadounidense evolucionó hacia la búsqueda de interlocutores considerados más manejables y aceptables para todas las partes, relegando a líderes que habían simbolizado la resistencia democrática. Incluso han surgido iniciativas para impulsar nuevas figuras políticas en las negociaciones, desplazando a quienes contaban con mayor respaldo popular dentro de la oposición.
La propia hoja de ruta anunciada por Washington reveló cuáles eran sus prioridades. El secretario de Estado, Marco Rubio, describió un proceso en tres fases: estabilización, recuperación económica y, sólo después, transición política. La democracia aparecía al final del camino, no al principio.
Mientras tanto, el control de los recursos petroleros venezolanos quedó sometido a mecanismos supervisados desde Estados Unidos. Los defensores de esta política argumentan que se trata de evitar la corrupción y garantizar la reconstrucción económica. Sus críticos sostienen que convierte a Venezuela en un país tutelado, donde las decisiones fundamentales ya no se toman en Caracas sino en Washington.
La cuestión central es sencilla: si un pueblo lucha durante décadas por recuperar su capacidad de decidir su destino, ¿puede considerarse una victoria que otro gobierno asuma temporalmente ese papel? Muchos venezolanos apoyaron a Trump porque creían que ayudaría a derribar una dictadura. Lo que no esperaban era que la caída de Maduro fuera seguida por una administración extranjera que pospusiera indefinidamente la devolución plena del poder político a los propios venezolanos.
Trump decepcionó a quienes pensaban que el objetivo final era restaurar cuanto antes la soberanía popular. Porque una transición democrática no consiste simplemente en sustituir a un gobernante por otro administrador. Consiste en devolver a los ciudadanos el derecho a gobernarse a sí mismos.
jueves, 18 de junio de 2026
Cómo Donald Trump engañó a los venezolanos
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