A lo largo de más de un siglo, los pontífices de la Iglesia católica han mantenido una posición cada vez más firme contra la guerra. Desde las trincheras de la Primera Guerra Mundial hasta los conflictos contemporáneos de Ucrania, Oriente Próximo y otras regiones del planeta, los sucesivos papas han insistido en una idea fundamental: la violencia destruye al ser humano, mientras que la paz constituye el único camino compatible con la dignidad de las personas.
León XIV
La evolución de este pensamiento puede resumirse en una larga cadena de llamamientos a la concordia, la negociación y el diálogo. Una cadena que encuentra en León XIV una de sus expresiones más contundentes con una frase que ya se ha convertido en símbolo de su pontificado: «La guerra no es santa. Solo la paz es santa».
Durante la Primera Guerra Mundial, millones de soldados morían en los campos de batalla europeos mientras las grandes potencias parecían incapaces de detener la destrucción.
En ese contexto, Benedicto XV denunció el conflicto como una «matanza inútil», una expresión que pasó a la historia como una de las condenas más severas pronunciadas por un líder mundial durante aquella catástrofe. Sus llamamientos a la paz fueron ignorados por los gobiernos beligerantes, pero dejaron establecida una referencia moral que influiría en sus sucesores.
Dos décadas después, Europa volvió a precipitarse hacia el abismo. Antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, Pío XII realizó numerosos esfuerzos diplomáticos para evitar el conflicto.
Aunque sus actuaciones han sido objeto de intensos debates históricos, existe consenso en que intentó impedir que la confrontación armada se extendiera por el continente. La experiencia de dos guerras mundiales convenció a la Santa Sede de que la humanidad había entrado en una era en la que los conflictos podían alcanzar niveles de destrucción sin precedentes.
La reflexión alcanzó un punto decisivo con Juan XXIII. En plena Guerra Fría y bajo la amenaza nuclear, sostuvo que había cambiado la naturaleza misma de la guerra.
El pontífice afirmó que, en la era atómica, ya no tenía sentido considerar la guerra como un instrumento adecuado para reparar injusticias o resolver disputas entre naciones. Su pensamiento quedó plasmado en la histórica encíclica Pacem in Terris, uno de los textos más influyentes del siglo XX sobre la paz internacional.
Durante el largo pontificado de Juan Pablo II, la oposición a los conflictos armados se convirtió en una constante.
El pontífice polaco denunció guerras en distintas partes del mundo y se manifestó especialmente contra la invasión de Irak en 2003. Consideraba que la guerra genera nuevas injusticias, multiplica el sufrimiento de los inocentes y deja heridas que pueden tardar generaciones en cicatrizar.
Su insistencia en el diálogo entre pueblos, religiones y culturas buscaba precisamente construir alternativas a la lógica de la confrontación.
Benedicto XVI profundizó en la dimensión espiritual de esta cuestión. Recordó repetidamente que el cristianismo no puede identificarse con la violencia porque el mensaje de Jesucristo es, ante todo, un mensaje de reconciliación.
Para Benedicto XVI, la paz no era únicamente una ausencia de guerra, sino una tarea permanente basada en la justicia, la verdad y el respeto a la dignidad humana.
El pontificado de Francisco estuvo marcado por numerosos conflictos internacionales. Ante ellos, utilizó una expresión que resumía su visión: la guerra es «un fracaso de la política y de la humanidad».
Francisco denunció la indiferencia ante el sufrimiento de las víctimas, criticó el comercio internacional de armas y alertó sobre el riesgo de una «tercera guerra mundial a pedazos», alimentada por conflictos regionales aparentemente aislados pero conectados entre sí.
En esta misma línea se sitúa León XIV, quien ha elevado el tono de las críticas contra quienes se benefician de los conflictos armados.
El pontífice ha calificado las guerras actuales como una «vergüenza para toda la humanidad» y ha denunciado a los llamados «señores de la guerra», así como a quienes obtienen beneficios mediante la fabricación y venta de armamento.
León XIV y la denuncia de los «señores de la guerra»
Según sus palabras, quienes lucran con la guerra son ladrones que roban el futuro de la sociedad y condenan a generaciones enteras a vivir entre el miedo, la pobreza y la destrucción.
En numerosas ocasiones ha insistido en que «la guerra no es santa. Solo la paz es santa», una afirmación que rechaza cualquier intento de revestir la violencia de legitimidad religiosa. Para León XIV, Dios no escucha las oraciones de quienes provocan guerras ni de quienes buscan justificar la muerte de inocentes en nombre de intereses políticos, económicos o ideológicos.
Las circunstancias históricas han cambiado y cada papa ha afrontado desafíos distintos. Sin embargo, desde Benedicto XV hasta León XIV existe una sorprendente continuidad en el mensaje.
Frente a las trincheras de 1914, las bombas nucleares de la Guerra Fría o los conflictos del siglo XXI, los pontífices han repetido una misma convicción: ninguna victoria militar compensa el sufrimiento humano que provoca una guerra.
Por ello, la Iglesia ha ido abandonando progresivamente cualquier visión romántica o heroica del conflicto armado para afirmar con creciente claridad que la verdadera grandeza de las naciones no se mide por su capacidad de destruir al adversario, sino por su capacidad de construir la paz.
Y esa idea, expresada hoy por León XIV con especial contundencia, resume más de un siglo de enseñanza pontificia: «la guerra nunca es santa; la única realidad verdaderamente santa es la paz.»
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