jueves, 28 de mayo de 2026

¿Quién roba más, la izquierda o la derecha?

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Cada vez que estalla un escándalo político reaparece la misma discusión: ¿quién roba más, la izquierda o la derecha? La pregunta parece sencilla, pero la respuesta no lo es. Porque la corrupción no es patrimonio exclusivo de una ideología. Es, sobre todo, una consecuencia del poder mal vigilado.

La izquierda acusa a la derecha de vender el Estado a las grandes empresas. La derecha acusa a la izquierda de convertir lo público en una red clientelar. Ambas críticas contienen parte de verdad. Y ambas omiten una realidad incómoda: cuando un partido acumula demasiado poder y demasiada impunidad, las posibilidades de corrupción aumentan independientemente de su color político.

La corrupción cambia de forma, no de naturaleza

En términos generales, la corrupción de izquierdas y la de derechas suelen diferenciarse más en el método que en el objetivo. El objetivo siempre es el mismo: utilizar el poder político para beneficiar a una red de intereses particulares.

En algunos gobiernos de izquierda, especialmente aquellos con una fuerte presencia estatal, los escándalos suelen girar alrededor de subvenciones, empresas públicas, sindicatos afines, fundaciones, contratación pública ideologizada o estructuras clientelares financiadas con dinero público. El discurso legitimador suele apoyarse en conceptos como "justicia social", "redistribución" o "protección de lo público".

En sectores conservadores o liberales, la corrupción aparece con más frecuencia vinculada a recalificaciones urbanísticas, adjudicaciones de obra pública, privatizaciones dirigidas, financiación irregular mediante empresarios próximos al poder o relaciones opacas entre política y grandes compañías. En este caso, las justificaciones suelen hablar de "crecimiento", "inversión" o "colaboración público-privada".

Pero la esencia es la misma: usar las instituciones para favorecer a una red de aliados.

España ofrece ejemplos de sobra

La historia reciente española demuestra que ninguna gran fuerza política puede presentarse como inmune.

El PSOE ha convivido con escándalos como Filesa, los ERE de Andalucía o distintos casos relacionados con contratación pública y estructuras clientelares. Por su parte, el Partido Popular quedó marcado por Gürtel, Bárcenas, Kitchen, Púnica y numerosas tramas municipales y autonómicas.

Cada partido utiliza los casos del adversario como arma electoral mientras minimiza o relativiza los propios. Y ahí aparece uno de los grandes problemas culturales de las democracias modernas: muchos ciudadanos condenan la corrupción… salvo cuando afecta a su propio bloque ideológico.

El verdadero factor: el tiempo en el poder

La experiencia internacional muestra un patrón bastante constante: cuanto más tiempo permanece un partido gobernando sin alternancia real, mayor es el riesgo de corrupción estructural.

No importa demasiado si se trata de socialistas, conservadores, nacionalistas o populistas. Cuando una organización política controla durante años las instituciones, las empresas públicas, los organismos reguladores y parte del ecosistema mediático, acaba desarrollando redes de lealtad, favores y dependencia económica.

El problema no es solo ideológico. Es institucional

Los países menos corruptos no son necesariamente los más de izquierdas o los más de derechas. Lo que suelen compartir es otra cosa:

• Justicia independiente.
• Medios de comunicación fuertes.
• Transparencia administrativa.
• Funcionarios profesionalizados.
• Separación efectiva de poderes.
• Castigo judicial y electoral real.

Cuando esos mecanismos funcionan, la corrupción se vuelve más difícil y más costosa políticamente.

La corrupción como fenómeno tribal

Otro fenómeno llamativo es la manera en que la corrupción se interpreta según la identidad política de cada ciudadano.

Si el escándalo afecta al rival, se presenta como prueba definitiva de la maldad del sistema contrario. Si afecta al propio partido, se minimiza, se relativiza o se atribuye a "casos aislados".

La izquierda suele afirmar que la derecha representa la corrupción empresarial y financiera. La derecha responde acusando a la izquierda de vivir del dinero público y convertir el Estado en una maquinaria clientelar.

En realidad, ambos modelos pueden coexistir perfectamente. Y a menudo lo hacen.

Entonces, ¿quién es más corrupto?

No existe una respuesta universal ni objetiva válida para todos los países y épocas. Hay periodos históricos donde la corrupción ha golpeado más a gobiernos de izquierdas y otros donde ha afectado más a ejecutivos conservadores.

La cuestión importante quizá no sea qué ideología roba más, sino qué sistemas limitan mejor el abuso de poder.

Porque la corrupción rara vez nace de las ideas. Normalmente nace de algo mucho más humano y mucho más antiguo: la sensación de impunidad.

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