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Su marcha no puede entenderse únicamente como un relevo profesional. Detrás existe una batalla interna por el control editorial del grupo, tensiones empresariales y un creciente desgaste derivado de la identificación de la periodista con posiciones políticas cada vez más explícitas.
El choque con Oughourlian
La ruptura entre Barceló y la dirección de Prisa llevaba tiempo cocinándose. El detonante habría sido el enfrentamiento con el presidente y principal accionista del grupo, Joseph Oughourlian, decidido a recuperar el control efectivo sobre la línea editorial de sus medios.
Según distintas informaciones publicadas en la prensa española, Oughourlian habría trasladado a la periodista un mensaje inequívoco: la línea editorial de la cadena corresponde a la propiedad y no a sus comunicadores estrella. Una advertencia que refleja el creciente malestar dentro de Prisa con la deriva política de algunos de sus principales rostros mediáticos.
Durante años, Barceló disfrutó de una autonomía casi absoluta en antena. Su peso interno era enorme. No solo conducía programas de máxima audiencia, sino que representaba el espíritu ideológico de una parte del progresismo mediático español. Pero el nuevo contexto empresarial y político terminó alterando ese equilibrio.
De periodista a referente político
La trayectoria de Barceló siempre estuvo ligada a medios progresistas, pero especialmente en los últimos años su discurso dejó de percibirse como estrictamente periodístico para convertirse, a ojos de muchos oyentes, en claramente militante.
La periodista mantuvo una posición muy dura contra el Partido Popular y especialmente contra Isabel Díaz Ayuso, convertida en uno de sus objetivos habituales. Sus editoriales sobre la presidenta madrileña adquirieron a menudo un tono más cercano a la confrontación política que al análisis informativo.
También cargó reiteradamente contra Alberto Núñez Feijóo, Vox y cualquier posibilidad de entendimiento entre el centroderecha y la derecha soberanista. La crítica a Vox, en particular, fue constante y frecuentemente presentada en términos morales más que políticos.
En cambio, su actitud hacia el Gobierno de Pedro Sánchez resultó mucho más indulgente. Incluso en episodios especialmente delicados para el Ejecutivo —como los pactos con el independentismo, la ley del "solo sí es sí", los indultos o las cesiones a Junts y ERC— Barceló evitó el tono agresivo que sí utilizaba contra la oposición.
Esa asimetría fue alimentando la percepción de que una parte importante de la radio española había abandonado la neutralidad para actuar como actor político.
La guerra cultural dentro de la SER
La salida de Barceló también simboliza algo más profundo: el agotamiento de un modelo mediático construido sobre figuras con enorme poder interno y fuerte identificación ideológica.
En Prisa existe preocupación desde hace tiempo por la pérdida de credibilidad de algunos de sus buques insignia. El grupo necesita recuperar influencia transversal y credibilidad en un contexto de polarización extrema y desplome de la confianza en los medios tradicionales.
Oughourlian parece decidido a recentrar el grupo y reducir el protagonismo de las figuras más ideologizadas. La frase atribuida al empresario —"la línea editorial la marca la propiedad"— revela un intento de restaurar disciplina corporativa en un medio donde durante años algunos comunicadores actuaron con amplísima autonomía política.
La cuestión de fondo es evidente: ¿debe una gran cadena nacional funcionar como un actor político más o recuperar una apariencia de pluralidad informativa?
Una figura admirada y rechazada a partes iguales
Sería injusto negar el talento radiofónico de Barceló. Su capacidad comunicativa, su dominio de la entrevista y su presencia en antena la convirtieron durante años en una de las voces más reconocibles de la radio española.
Pero también es cierto que su figura acabó generando un rechazo creciente entre amplios sectores de la audiencia que dejaron de verla como periodista para percibirla como una activista ideológica.
La polarización política española terminó absorbiendo también a los grandes comunicadores. Y Barceló, lejos de intentar escapar de esa dinámica, pareció asumirla e incluso profundizar en ella.
Su salida de la SER cierra una etapa histórica. Pero también abre una incógnita: si el grupo Prisa pretende virar hacia posiciones más moderadas y empresariales o si simplemente sustituirá unos perfiles militantes por otros diferentes. Porque la verdadera crisis de los medios españoles no es solo económica. Es, sobre todo, una crisis de credibilidad.

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