Maduro cayó, pero el sistema no. Y esa es, precisamente, la gran paradoja venezolana: desapareció el rostro más tóxico del chavismo, pero no necesariamente su maquinaria. Tras la captura de Nicolás Maduro en enero, Washington no apostó por una ruptura democrática inmediata, sino por una transición administrada desde dentro del propio aparato de poder, con Delcy Rodríguez al frente y bajo supervisión geopolítica estadounidense. El resultado es una Venezuela "post-Maduro" donde cambian nombres, se suavizan formas y se reabre el negocio petrolero, pero donde las estructuras esenciales del control político siguen en pie.
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¿A qué juega Donald Trump?
La respuesta parece menos ideológica que estratégica. Trump no actuó como libertador democrático, sino como operador de poder. Su prioridad no fue coronar a María Corina Machado —la figura con mayor legitimidad simbólica y electoral del antichavismo—, sino garantizar tres objetivos más inmediatos para Washington: estabilidad, control del petróleo y contención del narcotráfico. Según múltiples reportes, Trump y su círculo concluyeron que respaldar a Machado implicaba un riesgo de vacío institucional, fractura militar y una transición demasiado incierta. En cambio, mantener sectores del chavismo reciclado ofrecía una gobernabilidad más predecible.
No es una traición personal a Machado; es "política realista" en estado puro
Trump parece haber leído Venezuela como otros presidentes estadounidenses leyeron Medio Oriente: mejor un poder autoritario manejable que una democracia caótica cuyos resultados no puedas controlar. Desde esa lógica, Machado representa legitimidad popular, sí, pero también imprevisibilidad. Su discurso de desmantelamiento profundo del chavismo podría alterar pactos militares, redes económicas y compromisos energéticos que Washington hoy considera más útiles estabilizados que demolidos.
Por eso la margina: no porque carezca de capital político —de hecho sigue siendo la referencia moral de buena parte de la oposición—, sino porque su proyecto puede resultar demasiado transformador para una Casa Blanca obsesionada con resultados rápidos y costos bajos. Incluso Trump ha llegado a cuestionar públicamente su viabilidad interna, sugiriendo que no cuenta con suficiente apoyo o respeto para gobernar.
La tragedia para muchos venezolanos es evidente: después de décadas de chavismo, el riesgo no es solo la continuidad del régimen, sino su mutación. Un chavismo sin Maduro, más pragmático, menos estridente y aceptable para intereses internacionales, podría sobrevivir mucho más tiempo que el propio Maduro.
Washington puede haber desmontado al caudillo, pero no necesariamente al sistema
Y ahí radica el dilema de María Corina. Su figura encarna la ruptura ética con el chavismo, pero la política internacional rara vez recompensa purezas morales; premia estabilidad funcional. Trump parece apostar a una "pacificación controlada" antes que a una democratización plena.
La pregunta de fondo ya no es si Venezuela salió de Maduro. La verdadera pregunta es si salió del chavismo… o si simplemente entró en su versión corregida para consumo internacional.
domingo, 3 de mayo de 2026
Venezuela sin Maduro, el mismo perro con diferente collar
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