La política española tiene algo de tragicomedia costumbrista: cuando uno cree haber encontrado un respiro, aparece inmediatamente un escándalo, una derrota o una crisis interna que devuelve a todos a la realidad. Los socialistas acaban de encajar otro golpe en Andalucía, pero la magnitud de la derrota casi queda amortiguada porque nadie esperaba ya otra cosa. Y mientras en Ferraz intentan administrar el desastre con resignación estadística, en Génova descubren que la victoria tampoco garantiza tranquilidad.
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El PSOE andaluz vive atrapado en una especie de melancolía estructural. Andalucía fue durante décadas el granero electoral del socialismo español, su fortaleza simbólica y territorial, el lugar donde el partido parecía confundirse con la propia administración autonómica. Aquello terminó hace tiempo, pero el partido continúa comportándose a menudo como si la caída fuese reversible simplemente esperando a que el desgaste del adversario haga el trabajo. Cada elección demuestra lo contrario. La pérdida de apoyo ya no parece coyuntural, sino cultural y generacional.
El problema para los socialistas es que la derrota se ha normalizado
El problema para los socialistas es que la derrota se ha normalizado. Y cuando una derrota deja de provocar estupor, empieza a convertirse en paisaje. La dirección federal intenta vender cada retroceso como una anomalía local, un accidente concreto o una consecuencia de dinámicas regionales. Pero la acumulación pesa. Andalucía era antes el lugar desde donde el PSOE compensaba sus debilidades en otros territorios; ahora es uno de los escenarios donde más claramente se visualiza su desgaste.
Sin embargo, la política española nunca concede demasiado tiempo para recrearse en las miserias ajenas. El PP, que contemplaba con satisfacción el deterioro socialista, empieza a comprobar que gobernar con amplias mayorías no inmuniza contra los problemas. El caso que se le abre a Juanma Moreno amenaza con introducir ruido en la imagen de estabilidad y moderación que tanto ha cultivado el presidente andaluz. Y eso es especialmente delicado porque Moreno no ha construido su liderazgo sobre la confrontación ideológica ni sobre el hiperliderazgo emocional, sino sobre la idea de gestión tranquila, sensata y limpia.
Por eso el problema para el PP no es únicamente jurídico o político, sino narrativo. Moreno Bonilla ha sido durante años la prueba viviente de que el PP podía gobernar Andalucía sin estridencias y sin parecer una sucursal crispada de Madrid. Ha logrado ocupar un espacio de centralidad que incluso parte de la izquierda le reconocía. Pero la política contemporánea vive menos de las sentencias que de las percepciones, y basta la sospecha o el ruido para erosionar un relato cuidadosamente construido.
Los aplausos de los suyos sirven para reforzar la moral interna, pero no garantizan estabilidad externa. En política, los congresos, los mítines y las ovaciones suelen funcionar como cámaras de eco donde todo parece sólido hasta que llega el momento decisivo. Y el momento decisivo para cualquier líder no es la fotografía con los militantes, sino la capacidad para convertir autoridad interna en poder negociador. Ahí es donde empiezan las dificultades.
Porque la investidura —sea en Andalucía, en Madrid o en cualquier otro escenario institucional— no se resuelve con entusiasmo partidista, sino con aritmética, aliados y credibilidad. Y España atraviesa un tiempo político donde nadie logra mayorías suficientes para gobernar cómodamente. El PSOE depende de socios que cada vez elevan más el precio de su apoyo; el PP descubre que sus victorias territoriales no bastan para construir una alternativa automática. Ambos partidos viven instalados en una paradoja permanente: ganan y pierden al mismo tiempo.
Quizá por eso la sensación dominante en la política española no es de triunfo, sino de provisionalidad. Cada éxito parece tener fecha de caducidad. Cada victoria es inmediatamente seguida por una crisis, un escándalo o una negociación imposible.
El PSOE intenta sobrevivir al desgaste acumulado; el PP intenta evitar que sus éxitos se conviertan en expectativas imposibles de satisfacer. Y entre ambos se extiende una ciudadanía cada vez más acostumbrada a contemplar cómo las celebraciones duran apenas unas horas antes de que vuelva la tormenta.
domingo, 17 de mayo de 2026
El PSOE logra su peor resultado histórico en Andalucía
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