miércoles, 20 de mayo de 2026

El PSOE parece adicto a las derrotas. Te lo explico.

María Jesús Montero

Hay partidos que pierden elecciones. Y hay partidos que convierten la derrota en una forma de identidad política. El PSOE empieza a parecerse peligrosamente a los segundos.

No porque no gobierne. De hecho, gobierna. Y precisamente ahí reside la paradoja. El socialismo español ha terminado desarrollando una extraña capacidad para sobrevivir institucionalmente mientras se deteriora políticamente. Conserva el poder, pero pierde el relato. Mantiene ministerios, pero erosiona su credibilidad. Gana tiempo, pero consume futuro.

Es una forma moderna de derrota: no caer de golpe, sino ir vaciándose lentamente.

El problema del PSOE no es únicamente Pedro Sánchez. Sería demasiado fácil reducirlo todo a una cuestión personal. El problema es más profundo: el partido parece haber asumido que resistir equivale a vencer. Y no es lo mismo.

Durante décadas, el PSOE fue una maquinaria cultural y política formidable. Representaba estabilidad, ascenso social, europeísmo y cierta idea pragmática del progreso. Incluso sus adversarios entendían que existía una lógica de Estado detrás de sus decisiones. Hoy esa percepción se ha debilitado enormemente.

La política socialista actual transmite improvisación, tacticismo y dependencia permanente de aliados que no comparten ni su proyecto nacional ni muchas veces sus principios históricos. El partido que decía defender la igualdad entre españoles ha terminado subordinando buena parte de su estrategia a fuerzas cuyo negocio político consiste precisamente en fragmentar España territorial, social o institucionalmente.

Y, sin embargo, el PSOE insiste.

Insiste aunque cada cesión erosione una parte de su electorado tradicional. Insiste aunque muchos votantes socialistas históricos ya no reconozcan al partido. Insiste aunque la desconfianza hacia las instituciones aumente cada vez que el Gobierno parece utilizar el poder para protegerse políticamente.

Da la impresión de que el PSOE ha dejado de preguntarse por qué pierde apoyo social y solo se pregunta cómo mantenerse una semana más.

Eso genera una dinámica muy peligrosa: cuando un partido normaliza el deterioro, termina adaptándose a él. Empieza a justificar cualquier contradicción, cualquier alianza y cualquier rectificación. La prioridad deja de ser representar un proyecto y pasa a ser impedir la derrota inmediata. Pero esa obsesión defensiva suele incubar derrotas mucho mayores en el futuro.

Porque las sociedades toleran errores. Lo que castigan es la sensación de agotamiento moral.

Y ahí está el verdadero riesgo para el PSOE. No el desgaste natural de gobernar, sino la percepción creciente de que ya no actúa por convicción, sino por supervivencia. Cuando un partido transmite miedo a perder el poder, empieza a perder algo más importante: autoridad política.

Quizá por eso el PSOE parece adicto a las derrotas. No a las derrotas electorales necesariamente, sino a las derrotas estratégicas, éticas y culturales. A pequeñas renuncias constantes que permiten seguir gobernando hoy, aunque hagan más difícil volver a convencer mañana.

La historia política está llena de partidos que confundieron resistencia con fortaleza. Casi todos acabaron descubriendo demasiado tarde que sobrevivir no siempre significa seguir vivos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario