lunes, 18 de mayo de 2026

El PP tiene dos problemas que se resumen en uno. Te lo explico.

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Durante décadas, el gran activo del Partido Popular fue la sensación de inevitabilidad. Cuando el PSOE se desgastaba, el PP aparecía como relevo natural del poder. No necesitaba reinventarse demasiado: bastaba con esperar el agotamiento del adversario. La alternancia funcionaba casi como una ley física del sistema político español. Pero ese tiempo ha terminado, aunque en Génova todavía parezcan resistirse a aceptarlo.

El PP tiene hoy dos problemas de fondo que explican muchas de sus contradicciones. El primero es su incapacidad para renunciar mentalmente al bipartidismo. El segundo, consecuencia directa del anterior, es la confusión entre alternancia y alternativa.

La dirección popular sigue interpretando la política española como si continuara viviendo en el esquema de los años noventa o principios de los dos mil: dos grandes partidos, uno gobierna y el otro espera turno. Bajo esa lógica, la caída del gobierno socialista debería traducirse automáticamente en el ascenso del PP. Y cuando eso no ocurre, en lugar de preguntarse qué falla en su proyecto político, el partido suele concluir que el problema es externo: los socios parlamentarios, la fragmentación política, los medios, la polarización o incluso los votantes.

Sin embargo, España ya no funciona así. El bipartidismo murió el día en que millones de votantes dejaron de sentirse representados por las dos grandes marcas tradicionales. La irrupción de nuevas fuerzas no fue un accidente pasajero, sino la expresión de una transformación social y territorial más profunda. Y aunque muchas de aquellas formaciones hayan perdido fuerza o mutado, el sistema político ya no ha vuelto a ser el mismo.

El problema para el PP es que nunca ha terminado de aceptar esa realidad. Formalmente la reconoce, porque pacta con otros partidos cuando no tiene más remedio. Pero culturalmente sigue pensando como si gobernar fuera un derecho derivado del desgaste socialista. De ahí su permanente frustración. El partido continúa esperando que el Gobierno "caiga por su propio peso", como ocurría antes, en lugar de asumir que hoy las mayorías requieren construir algo más complejo que una simple oposición.

Ahí aparece el segundo problema: creer que alternar equivale automáticamente a ser alternativa.

La alternancia es un fenómeno mecánico. Ocurre cuando un gobierno se agota y otro ocupa su lugar. La alternativa, en cambio, exige algo mucho más difícil: ofrecer un proyecto reconocible, coherente y capaz de ilusionar más allá del rechazo al adversario. Y en demasiadas ocasiones el PP parece limitarse a administrar el desgaste de Pedro Sánchez sin terminar de explicar qué país propone realmente.

La estrategia de oposición permanente puede movilizar a los convencidos, pero rara vez basta para ampliar mayorías sociales. Criticar al Gobierno no equivale necesariamente a construir una visión propia. Y el PP lleva años instalado en esa comodidad táctica: denunciar cada movimiento del Ejecutivo esperando que el cansancio ciudadano haga el resto.

Pero la política contemporánea no premia solo el desgaste ajeno. Exige identidad, relato y capacidad de adaptación. La pregunta clave ya no es si el PSOE pierde apoyos, sino por qué una parte de esos votantes tampoco termina viendo en el PP una alternativa clara.

Alberto Núñez Feijóo llegó a Madrid precisamente con la promesa de reconstruir una imagen de moderación y solvencia institucional. Sin embargo, desde entonces el partido oscila constantemente entre dos pulsiones: la tentación de ocupar el centro y la necesidad de competir con Vox en determinados marcos culturales y emocionales. Esa indefinición impide consolidar un proyecto reconocible. A veces parece un partido de gestión tecnocrática; otras, una oposición de confrontación total. Y en medio de ambas estrategias se diluye la idea de alternativa.

El PP sigue siendo una fuerza poderosa, con implantación territorial, capacidad institucional y un suelo electoral muy sólido. Pero ya no le basta con esperar turno. La España política de hoy no entrega gobiernos por inercia histórica. Los gobiernos se construyen. Y para construirlos hace falta algo más que confiar en el desgaste del rival.

Quizá la verdadera dificultad del Partido Popular sea precisamente esa: aceptar que el tiempo en el que bastaba con representar la alternancia terminó hace años, y que convertirse en una auténtica alternativa exige algo más incómodo que esperar. Exige cambiar.

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