jueves, 14 de mayo de 2026

La Guardia Civil no nació con Franco: nació para proteger a España

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La Guardia Civil no fue creada por Francisco Franco. Esa afirmación, repetida muchas veces desde determinados sectores ideológicos, no resiste el más mínimo análisis histórico. La Guardia Civil nació en 1844, durante el reinado de Isabel II de España, y fue organizada por el II Duque de Ahumada, Francisco Javier Girón, con el objetivo de combatir la inseguridad, el bandolerismo y la violencia que dominaban buena parte de la España rural del siglo XIX.

España era entonces un país donde viajar por carretera suponía un riesgo constante. Los caminos estaban infestados de delincuentes, los robos eran frecuentes y el Estado apenas tenía presencia efectiva fuera de las grandes ciudades. La creación de la Guardia Civil respondió precisamente a la necesidad de construir una fuerza profesional, disciplinada y permanente capaz de garantizar el orden y proteger a los ciudadanos en todo el territorio nacional.

Desde su nacimiento, la Guardia Civil se convirtió en una institución profundamente vinculada al servicio público, al sacrificio y al cumplimiento del deber. Durante casi dos siglos ha estado presente en pueblos, carreteras, montañas, costas y fronteras. Ha combatido el terrorismo de ETA, ha luchado contra el narcotráfico, ha participado en rescates, ha intervenido en catástrofes naturales y ha protegido a millones de ciudadanos muchas veces en condiciones extremadamente difíciles.

Por eso resulta tan injusto que algunos intenten reducir su historia al franquismo o utilizarla como arma política. La Guardia Civil existía mucho antes de la Guerra Civil y continuará existiendo mucho después de cualquier gobierno o ideología. Su historia pertenece a España, no a un partido político.

Una institución incómoda para cierta izquierda

Aun así, es evidente que parte de la izquierda española mantiene desde hace décadas una relación distante, cuando no abiertamente hostil, con las fuerzas de seguridad del Estado. En algunos sectores políticos y mediáticos existe una tendencia permanente a mirar con sospecha a cuerpos como la Guardia Civil o la Policía Nacional, mientras se minimiza la gravedad de quienes atacan el orden público o desafían la legalidad.

Ese rechazo tiene raíces ideológicas y también históricas. Durante el franquismo, como ocurrió con prácticamente todas las instituciones del Estado, la Guardia Civil formó parte del aparato estatal de la dictadura. Pero utilizar ese hecho para desacreditar a toda la institución es una manipulación histórica evidente. Siguiendo esa lógica, habría que cuestionar también a la judicatura, a la administración pública o incluso a universidades que existían durante aquella época.

La realidad es que la Guardia Civil ha servido bajo monarquías, repúblicas, dictaduras y democracias. Ha sobrevivido a todos los cambios políticos precisamente porque su función no depende de ideologías, sino de una necesidad permanente de cualquier sociedad civilizada: la seguridad.

Sin embargo, muchos agentes y asociaciones profesionales llevan años denunciando que no reciben el respaldo político ni material necesario para desempeñar su trabajo. Y esas críticas se han intensificado especialmente en los últimos años, coincidiendo con el auge del narcotráfico en determinadas zonas de España.

El narcotráfico ya no es delincuencia común

Lo que ocurre en lugares como el Campo de Gibraltar o parte de la costa andaluza no puede seguir tratándose como simple delincuencia menor. Las redes de narcotráfico operan hoy con medios cada vez más sofisticados, grandes cantidades de dinero, embarcaciones de alta velocidad y una enorme capacidad logística. En algunos casos actúan con una impunidad alarmante.

Mientras tanto, muchos agentes denuncian falta de personal, patrulleras insuficientes, medios técnicos limitados y una presión constante sobre unas plantillas que llevan años reclamando refuerzos. Las tragedias sufridas por guardias civiles en operaciones contra el narcotráfico han puesto rostro humano a un problema que durante demasiado tiempo se intentó minimizar.

La sensación entre numerosos agentes es clara: el Estado exige resultados, pero no proporciona herramientas suficientes. Y eso genera frustración, indignación y una creciente percepción de abandono institucional.

Resulta especialmente llamativo que en un momento en que el crimen organizado internacional gana poder económico y capacidad de intimidación, la inversión en seguridad no parezca ocupar el lugar prioritario que debería tener. Porque cuando se debilita la autoridad del Estado frente a mafias violentas, quienes terminan pagando el precio son los ciudadanos normales.

El sacrificio silencioso de miles de agentes

Hay algo profundamente injusto en la manera en que muchas veces se habla de la Guardia Civil desde ciertos espacios políticos o mediáticos. Se olvida con demasiada facilidad que detrás del uniforme hay hombres y mujeres que trabajan en condiciones difíciles, con horarios duros, lejos de sus familias y asumiendo riesgos que la mayoría de la sociedad nunca tendrá que afrontar.

Cuando un guardia civil patrulla una carretera de madrugada, participa en un rescate en la montaña o intercepta una narcolancha en medio del mar, no está actuando en nombre de una ideología. Está cumpliendo con su deber. Y ese deber consiste en proteger vidas y defender la ley.

España ha cambiado enormemente desde 1844, pero la necesidad de instituciones sólidas sigue siendo la misma. Un país que no respalda a quienes garantizan su seguridad termina enviando un mensaje peligroso: que la autoridad legítima merece menos consideración que quienes desafían las normas.

Recuperar el respeto institucional

La Guardia Civil no necesita propaganda política ni apropiaciones partidistas. Lo que necesita es respeto, medios adecuados y apoyo institucional firme. Necesita embarcaciones modernas, más efectivos, mejores recursos tecnológicos y una legislación que proteja verdaderamente a quienes se juegan la vida contra el crimen organizado.

También necesita algo igual de importante: reconocimiento social. Porque durante décadas ha sido una de las instituciones más valoradas por los españoles precisamente por su cercanía, su profesionalidad y su capacidad de servicio.

Conviene recordar una verdad simple que algunos parecen empeñados en ocultar: la Guardia Civil no nació para servir a una ideología, sino para proteger a España y a los españoles. Lo hizo en el siglo XIX, lo hizo frente al terrorismo y lo sigue haciendo hoy frente al narcotráfico y la delincuencia organizada.

Y mientras muchos hablan desde la comodidad de un despacho o un plató de televisión, siguen siendo miles de guardias civiles quienes patrullan carreteras, costas y fronteras para que el resto pueda vivir con seguridad.

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