La historia política del último siglo ofrece un catálogo suficientemente elocuente como para desconfiar de cualquier proyecto que, en nombre de la redención colectiva, pretenda erigirse en verdad absoluta. 
Antonio Caño fue director de El País
La izquierda —al menos en sus versiones más dogmáticas— ha incurrido demasiadas veces en ese pecado original: la convicción de que el fin justifica los medios. Y cuando ese fin es una sociedad perfecta, los medios suelen ser, por desgracia, cualquier cosa.
El siglo XX dejó ejemplos difíciles de ignorar. La Unión Soviética de Joseph Stalin convirtió la promesa de igualdad en una maquinaria de terror, con purgas, campos de trabajo y millones de víctimas. En China, Mao Zedong impulsó el Gran Salto Adelante, una ingeniería social que desembocó en una de las mayores hambrunas de la historia. Y en Camboya, Pol Pot llevó la lógica revolucionaria hasta el delirio genocida.
No son anomalías aisladas, como a menudo se pretende. Son la consecuencia de un mismo patrón: la concentración de poder en manos de una élite que se arroga la representación del pueblo y elimina cualquier disidencia en nombre de ese mismo pueblo. La libertad, en ese esquema, deja de ser un derecho para convertirse en un obstáculo.
Pero no hace falta llegar a los extremos totalitarios para identificar errores de fondo. Allí donde la izquierda ha gobernado con vocación intervencionista, la tentación de sustituir al mercado por el decreto ha generado con frecuencia economías rígidas, burocracias hipertrofiadas y una alarmante desconexión entre esfuerzo y recompensa. La igualdad impuesta desde arriba, lejos de elevar a todos, ha tendido a igualar por abajo.
A ello se suma un elemento menos tangible, pero no menos decisivo: el utopismo. La idea de que el ser humano puede ser moldeado hasta ajustarse a un ideal preconcebido ha chocado, una y otra vez, con la realidad de la naturaleza humana. El resultado no ha sido la sociedad perfecta, sino el desencanto o, en el peor de los casos, la coerción.
Ahora bien, sería intelectualmente deshonesto ignorar que bajo el amplio paraguas de la izquierda han florecido también modelos muy distintos. La socialdemocracia europea, especialmente en países como Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia, ha demostrado que es posible combinar economía de mercado con un sólido Estado del bienestar sin sacrificar las libertades individuales.
La cuestión, por tanto, no es tanto la etiqueta como sus límites. Cuando la izquierda renuncia al pluralismo, al equilibrio de poderes y a la economía abierta, su deriva tiende a ser totalitaria. Cuando acepta esas reglas, se convierte en un actor más dentro de la democracia liberal.
Quizá ahí resida la clave. No en declarar inviable a la izquierda en bloque, sino en reconocer que sus versiones más radicales han fracasado con estrépito precisamente allí donde se sintieron más seguras de sí mismas.
lunes, 30 de marzo de 2026
Crímenes y errores de la izquierda: el fin no justifica los medios
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