Pocas figuras han sido tan invocadas —y tan malinterpretadas— como Nicolás Maquiavelo. Convertido en sinónimo de cinismo político, su obra —particularmente El príncipe— ha servido durante siglos como manual de cabecera, o de acusación, para quienes ejercen el poder sin complejos. En la España contemporánea, no son pocos los que han querido ver en Pedro Sánchez una encarnación moderna de ese maquiavelismo pragmático. Pero, ¿hasta qué punto es justa la comparación?
Nicolás Maquiavelo y Pedro Sánchez
El poder como fin y como medio
Maquiavelo escribió en un contexto de inestabilidad crónica, con ciudades-estado italianas en permanente conflicto. Su obsesión era clara: la conservación del poder como condición indispensable para garantizar el orden. El gobernante debía ser, ante todo, eficaz. Si para ello debía recurrir al engaño o a la dureza, no solo era lícito, sino necesario.
Sánchez, en un entorno democrático consolidado, opera bajo reglas muy distintas. Sin embargo, sus críticos señalan que comparte con el florentino una notable flexibilidad estratégica. Desde la moción de censura que lo llevó al poder hasta sus pactos parlamentarios con fuerzas ideológicamente dispares, el presidente ha demostrado una capacidad camaleónica que, para unos, es pura supervivencia política; para otros, una falta de principios.
Virtù y fortuna en clave contemporánea
Maquiavelo hablaba de la virtù como la habilidad del líder para moldear la realidad a su favor, y de la fortuna como el conjunto de circunstancias que escapan a su control. El buen gobernante debía dominar la primera y saber aprovechar la segunda.
En este sentido, Sánchez ha sabido capitalizar momentos de debilidad ajena —la fragmentación de la derecha, las crisis internas de sus adversarios— y convertirlos en oportunidades. Su resistencia política, tantas veces dada por amortizada, parece responder a esa combinación de cálculo y oportunidad que tanto admiraba el pensador italiano.
La moral, ¿un obstáculo o un instrumento?
Una de las mayores controversias en torno a Maquiavelo es su aparente desprecio por la moral tradicional en política. El fin —la estabilidad del Estado— justificaba los medios. Esta idea, simplificada hasta el extremo, ha alimentado la imagen de un pensamiento amoral.
En el caso de Sánchez, el debate se traslada al terreno del relato. El presidente no ha renunciado al lenguaje moral; al contrario, lo utiliza con frecuencia. La diferencia radica en que sus decisiones políticas —especialmente en materia de alianzas— han sido vistas por algunos como contradictorias con ese discurso. Aquí emerge una divergencia clave: mientras Maquiavelo separa con crudeza moral y política, Sánchez parece intentar reconciliarlas, aunque no siempre con éxito.
El papel del pueblo
Para Maquiavelo, el pueblo era un actor fundamental, pero no necesariamente virtuoso. Su apoyo era imprescindible, aunque volátil. De ahí la importancia de controlar la percepción y evitar el odio.
En una democracia mediática como la actual, Sánchez ha hecho del control del relato una de sus principales armas. La comunicación política, la gestión de la imagen y la construcción de marcos interpretativos son hoy el equivalente moderno de aquellas recomendaciones maquiavélicas sobre la apariencia del poder.
Similitudes y distancias
La comparación entre Maquiavelo y Sánchez es, en última instancia, más literaria que exacta. Ambos comparten una visión pragmática del poder, una notable capacidad de adaptación y una atención constante al equilibrio de fuerzas. Pero difieren en lo esencial: uno teorizaba sobre el poder en un mundo sin contrapesos democráticos; el otro lo ejerce bajo el escrutinio permanente de instituciones, medios y ciudadanos.
Quizá la lección más vigente de Maquiavelo no sea la caricatura del político sin escrúpulos, sino su advertencia sobre la naturaleza cambiante del poder. En ese terreno, Sánchez ha demostrado moverse con soltura. La pregunta, como siempre, no es solo cómo se llega al poder, sino qué se hace con él y a qué precio.
martes, 31 de marzo de 2026
De Maquiavelo a Pedro Sánchez: poder, pragmatismo y relato
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