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El Gran Hermano |
Hay inventos que nacen para mejorar la vida y otros que nacen para mejorar el poder. El hodiómetro —ese artilugio con nombre de electrodoméstico moral— pertenece sin duda a la segunda categoría. Se nos dice que servirá para medir el odio, como si el odio fuera una sustancia derramada en el suelo y no una pasión humana tan antigua como la envidia o el amor. Medir el odio: la ambición de los nuevos ingenieros del alma.
Antaño los gobiernos construían carreteras, presas o ferrocarriles. Hoy construyen observatorios, protocolos y herramientas de monitorización. Es el progreso administrativo: menos piedra y más algoritmo. El Estado ya no aspira a ordenar el territorio, sino a ordenar las emociones.
El ciudadano, mientras tanto, deja de ser un sujeto de derechos para convertirse en una variable estadística.
No es un fenómeno exclusivamente español. Al otro lado del Atlántico se ensayaron hace décadas versiones más ruidosas del mismo impulso.
En Cuba, Fidel Castro no necesitó aparatos sofisticados: le bastó con declarar que todo discrepante era un enemigo de la revolución. La etiqueta hacía el trabajo sucio. Quien odia al régimen, odia al pueblo; y quien odia al pueblo merece ser silenciado por el pueblo.
En Venezuela, Hugo Chávez refinó el método con una liturgia televisiva que convertía cada crítica en conspiración y cada periodista incómodo en agente del imperialismo. No hacía falta demostrar nada: bastaba con nombrarlo. La palabra sustituía al juicio.
En Nicaragua, Daniel Ortega optó por una solución más directa y menos literaria: quien incomoda al poder no odia, traiciona. Y la traición, como se sabe, no se discute; se castiga.
España no es ninguna de esas repúblicas fatigadas por el caudillismo, pero tampoco está vacunada contra la tentación de la pedagogía autoritaria. Siempre hay un gobernante convencido de que el pueblo es demasiado libre para su propio bien y necesita un tutor ilustrado que module sus excesos verbales.
El hodiómetro nace de esa convicción paternalista. No se prohíbe hablar; se vigila cómo se habla. No se castiga la disidencia; se clasifica su tono. Es una censura sin tinta roja, una vigilancia sin uniforme, una policía sin silbato.
El poder moderno ha aprendido que lo más eficaz no es callar al adversario, sino rodearlo de un clima moral que lo vuelva sospechoso. Nadie quiere ser señalado como odiador profesional, de la misma forma que nadie quiere ser señalado como traidor o hereje. La etiqueta precede al silencio.
Hay además algo profundamente melancólico en estos proyectos. Revelan un miedo casi infantil a la intemperie de la libertad. La democracia produce ruido, fricción, exageraciones, incluso injusticias verbales. Pretender una democracia sin estridencias es como pretender un mar sin oleaje: puede existir, pero se llamaría lago.
El hodiómetro aspira a convertir el océano político en una piscina climatizada. Agua limpia, temperatura estable, ningún sobresalto. Solo que las piscinas no tienen mareas, ni peces, ni horizontes.
¿Quién decide qué es odio?
Queda, por último, la cuestión esencial: ¿quién decide qué es odio? No es una pregunta retórica, sino constitucional. Porque si el mismo poder que gobierna es el que define el límite moral de la crítica, la democracia deja de ser un sistema de control del poder para convertirse en un sistema de control de los gobernados.
Los viejos liberales desconfiaban de los gobiernos que querían hacernos virtuosos por decreto. Los nuevos parecen dispuestos a hacernos amables por algoritmo.
Tal vez dentro de unos años el hodiómetro sea recordado como una extravagancia tecnocrática o como el primer paso de algo más ambicioso. La historia tiene esa ironía: los instrumentos de vigilancia siempre se presentan como provisionales y siempre acaban pareciendo inevitables.
Mientras tanto, el ciudadano observa el aparato con la misma inquietud con que se mira una báscula en casa ajena: no sabe exactamente qué mide ni qué consecuencias tendrá el resultado.
Y sospecha, con razón, que el problema no es el odio que pueda detectar la máquina, sino el poder que adquiere quien la sostiene.

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