domingo, 15 de marzo de 2026

Podemos en Castilla y León: ni un solo escaño

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Hubo un tiempo —no tan lejano— en que Podemos irrumpía en la política española con la estridencia de una alarma de incendio. Prometía asaltar los cielos, desalojar a la "casta" y abrir de par en par las ventanas de un régimen que, a su juicio, llevaba décadas viciado. Hoy, en Castilla y León, ese grito se ha disuelto en un murmullo casi inaudible: menos de un uno por ciento de los votos y ni un solo escaño. No queda cielo que asaltar cuando ni siquiera se alcanza el umbral de la puerta.

La desaparición parlamentaria no es solo un dato electoral; es un símbolo. Los partidos nacen, crecen y, a veces, mueren. Pero lo que distingue a Podemos es la velocidad de su ciclo vital. De fenómeno insurgente a fuerza extraparlamentaria en apenas una década. Como ciertas estrellas fugaces, brilló con intensidad deslumbrante y se consumió con la misma rapidez.

No es difícil encontrar causas. La primera, la más obvia, es la fragmentación de ese difuso territorio político situado a la izquierda del Partido Socialista Obrero Español. Cuando las siglas se multiplican, los votos se dividen y los escaños se evaporan. La segunda es más profunda: el paso del tiempo convierte a los revolucionarios en gestores, y a los gestores en responsables de aquello mismo que prometieron combatir. Gobernar desgasta; hacerlo sin cumplir las expectativas, desgasta el doble.

También pesa el desencanto. La política del gesto —tan eficaz para irrumpir— suele ser impotente para consolidarse. Las consignas movilizan, pero no siempre construyen. Y cuando el entusiasmo se enfría, lo que queda es la aritmética electoral, implacable como un balance contable.

Castilla y León, territorio sobrio y poco dado a entusiasmos súbitos, ha certificado con crudeza ese agotamiento. Allí donde antaño hubo procuradores morados, ahora solo hay silencio. Un silencio que no es estruendoso ni dramático, sino administrativo: el silencio de quien ya no cuenta.

Quizá lo más revelador no sea la derrota en sí, sino la ausencia de sorpresa. Nadie esperaba un triunfo; pocos anticipaban un resultado tan exiguo. Cuando la caída deja de escandalizar, es que el declive lleva tiempo instalado.

La política española es pródiga en ascensos fulgurantes y caídas abruptas, pero rara vez concede segundas oportunidades idénticas a la primera. Podemos nació como síntoma de una crisis y como respuesta emocional a una época convulsa. Si esa emoción se disipa —o se canaliza hacia otras siglas—, el partido se queda sin combustible.

Al final, los movimientos que prometen cambiarlo todo suelen enfrentarse a una paradoja cruel: o transforman la realidad y dejan de ser necesarios, o no lo logran y dejan de ser creíbles. En Castilla y León, los votantes han dictado su veredicto con la frialdad de quien cierra un capítulo ya leído.

No hubo estruendo al caer el telón. Solo la constatación, casi burocrática, de que el actor ya no está en escena.

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