miércoles, 11 de marzo de 2026

HODIO: la nueva herramienta de Sánchez para vigilar a las redes incómodas

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha anunciado la puesta en marcha de HODIO, una herramienta destinada —según la versión oficial— a rastrear los discursos de odio y la polarización en redes sociales. El objetivo declarado es exigir a las plataformas digitales que rindan cuentas por permitir la difusión de estos contenidos.

Hasta ahí, el relato institucional.

Pero en política casi nunca importa solo lo que se dice, sino quién define los términos. Y en el caso del actual Gobierno, muchos se preguntan si "discurso de odio" no se ha convertido ya en un concepto elástico, capaz de abarcar desde amenazas reales hasta simples críticas políticas.

La iniciativa llega en un momento en que el Ejecutivo de Pedro Sánchez mantiene una relación cada vez más tensa con las redes sociales. Durante años, plataformas como X, Facebook o Instagram han sido el altavoz de un ecosistema digital donde proliferan medios independientes, cuentas críticas y narrativas que escapan al control del discurso institucional.

Ese espacio —caótico, ruidoso, a veces brutal— también ha sido el lugar donde la política ha perdido el monopolio del relato.

Por eso la pregunta es inevitable:
¿HODIO pretende combatir el odio… o monitorizar la disidencia?

¿Quién decide qué es odio?

Nadie discute que internet puede convertirse en un vertedero de insultos, amenazas o campañas de acoso. El problema aparece cuando la categoría de "odio" empieza a expandirse hasta incluir opiniones incómodas.

En los últimos años, esa frontera se ha vuelto cada vez más difusa. Críticas duras al Gobierno, cuestionamientos a determinadas políticas o simples posiciones ideológicas han sido en ocasiones etiquetadas como "discursos peligrosos" o "extremistas".

Y cuando el poder político participa activamente en esa clasificación, el riesgo es evidente:
el árbitro del debate pasa a ser el propio Gobierno.

Un gobierno obsesionado con el control del relato

El Ejecutivo de Pedro Sánchez ha demostrado en múltiples ocasiones su preocupación por lo que denomina "desinformación" o "polarización". Conceptos legítimos en teoría, pero que en la práctica suelen aparecer cuando el debate público se vuelve incómodo para el poder.

HODIO se inscribe en esa lógica: monitorizar redes, analizar tendencias, identificar focos de polarización y presionar a las plataformas para que actúen.

En otras palabras: vigilar el flujo de la conversación digital.

La tentación permanente del poder

Los gobiernos siempre han tenido la misma tentación: controlar el espacio donde se forma la opinión pública. Antes eran los periódicos, luego la televisión y ahora las redes sociales.

La diferencia es que internet ha reducido drásticamente ese control. Hoy cualquier ciudadano puede cuestionar al poder sin pedir permiso a un editor, un director de informativos o un ministerio.

Y eso incomoda.

Por eso cada nueva herramienta de vigilancia digital, por bienintencionada que se presente, despierta inevitablemente una sospecha: que el problema no sea el odio, sino la libertad de crítica.

Porque cuando un gobierno empieza a observar demasiado de cerca lo que dicen los ciudadanos, la pregunta no es qué pretende vigilar.

La pregunta es a quién pretende callar.

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