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Feminismo de pancarta |
Sin embargo, los datos empiezan a contar otra historia mucho menos cómoda.
España ha caído cerca de 20 puestos en el índice internacional que mide la seguridad y el bienestar de las mujeres. Al mismo tiempo, las violaciones denunciadas se han triplicado desde 2018. No es propaganda de la oposición. Son estadísticas oficiales.
Y aquí surge una pregunta incómoda: ¿cómo puede un país autoproclamado "vanguardia feminista" estar retrocediendo en la seguridad real de las mujeres?
"Solo sí es sí" = violadores en libertad
En España se ha construido una industria política alrededor del feminismo. Ministerios, observatorios, subvenciones, campañas institucionales, leyes con nombres grandilocuentes. El discurso es omnipresente.
Pero el problema aparece cuando el feminismo se convierte en un instrumento ideológico y no en una política pública eficaz.
Mientras se organizaban congresos y se repartían subvenciones, el gobierno impulsaba leyes profundamente polémicas como la conocida "solo sí es sí", promovida por Irene Montero. El resultado fue uno de los mayores escándalos jurídicos recientes: rebajas de condena a agresores sexuales por defectos técnicos en la ley.
No fue un detalle menor. Fue una demostración de algo más profundo: cuando la política se hace para el titular y no para la realidad, las consecuencias llegan.
La política de negar los problemas
Otro fenómeno inquietante es el reflejo automático de negar cualquier problema.
• Si aumentan los delitos sexuales, se dice que solo aumentan las denuncias.
• Si cae España en rankings internacionales, se cuestiona el ranking.
• Si las estadísticas incomodan, se relativizan.
Pero la seguridad de las mujeres no mejora repitiendo consignas.
La seguridad mejora con políticas eficaces, policía, justicia que funcione y diagnóstico honesto de los problemas, incluso cuando ese diagnóstico es políticamente incómodo.
El peligro de convertir el feminismo en propaganda ideológica
Cuando una causa legítima se convierte en propaganda política, ocurre algo perverso: la realidad empieza a importar menos que el relato.
El feminismo institucional español ha pasado demasiado tiempo preocupado por los gestos simbólicos —lenguaje inclusivo, debates identitarios, guerras culturales— mientras la seguridad real quedaba atrapada entre la burocracia y el marketing político.
El resultado es un contraste brutal:
• Más discurso feminista que nunca.
• Peores indicadores de seguridad para las mujeres.
La realidad siempre termina imponiéndose
La política puede manipular titulares durante un tiempo, pero no puede manipular indefinidamente la realidad.
Las mujeres no necesitan campañas publicitarias ni discursos moralizantes. Necesitan calles seguras, leyes bien hechas y gobiernos que se preocupen más por resolver problemas que por construir relatos.
Si España quiere volver a ser un país seguro para las mujeres, tendrá que hacer algo que hoy parece casi revolucionario en la política: dejar la propaganda y empezar a mirar los datos de frente.

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