miércoles, 11 de marzo de 2026

Fidel Castro, la ruina de una nación: la historia no absuelve a nadie

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Durante décadas, una parte del mundo se empeñó en ver a Fidel Castro como un héroe romántico: el guerrillero barbudo que desafió al imperialismo y prometió justicia social para el pueblo de Cuba. La imagen era poderosa: uniforme verde oliva, puro en la mano, discursos interminables y la épica de la revolución. Pero la historia real —la que viven los pueblos y no la propaganda— cuenta otra cosa. Y esa historia, lejos de absolverlo, lo condena.

Cuando Castro tomó el poder en 1959 tras derrocar a Fulgencio Batista, Cuba no era un paraíso, pero tampoco era el país arruinado que la propaganda revolucionaria describía. Tenía uno de los niveles de vida más altos de América Latina, una clase media significativa, una economía dinámica y una fuerte conexión comercial con el mundo. Había desigualdades, sí, pero también posibilidades.

Castro prometió justicia. Lo que entregó fue ruina.

La revolución comenzó con fusilamientos, confiscaciones y purgas políticas. Pronto desaparecieron los partidos, la prensa libre y cualquier forma de oposición. Cuba dejó de ser una república imperfecta para convertirse en una dictadura perfecta: un sistema donde el Estado controla la economía, la información y hasta el pensamiento.

El resultado económico es devastador. Tras más de seis décadas de socialismo, la isla vive una escasez crónica de alimentos, apagones constantes, salarios miserables y una infraestructura que se cae a pedazos. Millones de cubanos han huido del país en balsas, aviones o caminando por medio continente. Ningún paraíso produce semejante éxodo.

Sin embargo, durante años Castro fue idolatrado en universidades occidentales, en círculos intelectuales y en buena parte de la izquierda internacional. Se le excusaba todo: la represión, los presos políticos, el control totalitario. Para algunos, Cuba era una utopía asediada; para los cubanos, una cárcel rodeada de mar.

El mito se sostuvo gracias a una combinación de propaganda eficaz y romanticismo ideológico. El régimen exportó médicos, discursos y símbolos revolucionarios, mientras ocultaba la miseria cotidiana de sus ciudadanos. Muchos en el extranjero preferían creer la leyenda antes que escuchar a quienes huían del sistema.

La ironía es brutal. En 1953, tras el fallido asalto al cuartel Moncada, Castro pronunció su famoso alegato judicial titulado "La historia me absolverá". Era un manifiesto político lleno de promesas: libertad, prosperidad, dignidad para el pueblo cubano.

Hoy, más de sesenta años después, basta mirar a Cuba para evaluar ese juramento.
 
• Una economía colapsada.
• Una población envejecida y desesperanzada.
• Una juventud que sueña con marcharse.
• Una élite del Partido viviendo mejor que el resto del país.

Eso no es absolución. Es veredicto.

Los regímenes pueden controlar los periódicos, las escuelas y la televisión durante décadas. Pueden escribir su propia versión de los hechos y repetirla hasta el cansancio. Pero hay algo que no pueden manipular indefinidamente: la realidad.

Y la realidad es que la revolución que prometía dignidad terminó convirtiendo a una nación entera en rehén de una ideología.

La historia, esa juez implacable que siempre llega tarde pero nunca falla, ya está dictando su sentencia sobre Fidel Castro.

No lo está absolviendo.

Lo está recordando como el hombre que convirtió a Cuba en la ruina de lo que pudo haber sido.

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