miércoles, 11 de marzo de 2026

Haití: ¿qué ocurre cuando un país deja de ser gobernable?

No es el infierno, es Haití.

Hay países pobres, países corruptos y países con crisis políticas graves. Y luego está Haití: un lugar donde el propio concepto de Estado prácticamente ha desaparecido.

Hoy, en Haití, no hay algo que pueda llamarse realmente gobierno. El primer ministro no controla el territorio, la policía está superada, el ejército es simbólico y las bandas criminales dominan gran parte de la capital, Puerto Príncipe. No se trata de un problema de inseguridad: es la sustitución del Estado por estructuras mafiosas.

Cuando un país llega a ese punto, deja de ser gobernable. Y cuando deja de ser gobernable, deja de ser un Estado.

El colapso del poder

El deterioro de Haití no ocurrió de la noche a la mañana. Durante décadas el país ha acumulado inestabilidad política, pobreza extrema, corrupción, desastres naturales y una constante incapacidad institucional para construir un Estado funcional.

Pero el punto de ruptura llegó tras el asesinato del presidente Jovenel Moïse en 2021. Desde entonces, el vacío de poder se ha convertido en una guerra difusa entre bandas armadas. El Estado perdió el monopolio de la violencia, que es precisamente lo que define a un Estado. 

Hoy son las pandillas las que controlan barrios, carreteras, puertos, combustible y hasta hospitales.

Grupos como la federación criminal G9 an Fanmi e Alye, dirigida por el ex policía Jimmy Chérizier, alias Barbecue, han llegado a actuar como autoridades de facto. Cobran impuestos, imponen toques de queda y administran territorios. Es decir: gobiernan.

Cuando el Estado desaparece

La idea moderna de Estado se basa en tres pilares básicos: territorio, población y autoridad. Haití conserva los dos primeros. El tercero se ha evaporado.

El resultado es lo que los politólogos llaman un Estado fallido, pero en el caso haitiano la palabra empieza a quedarse corta. Allí no solo fallan las instituciones: simplemente no existen en amplias zonas del país.

La policía no entra en muchos barrios. Las cárceles han sido asaltadas. Miles de presos han escapado. Las escuelas cierran. Los hospitales funcionan como pueden. La economía formal se paraliza.

La vida cotidiana pasa a organizarse según la lógica de las milicias. No es anarquía romántica. Es ley del más fuerte.

El experimento internacional que nunca funcionó

Haití lleva décadas siendo objeto de intervenciones internacionales, misiones de paz y programas de ayuda. Entre 2004 y 2017, la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) desplegó miles de soldados para intentar estabilizar el país. No logró construir instituciones duraderas.

La pregunta incómoda sigue siendo la misma: ¿puede reconstruirse un Estado desde fuera cuando dentro ya no queda nada que sostener?

Un laboratorio del caos

Haití se ha convertido en algo más que una tragedia humanitaria. Es también un laboratorio político. Muestra lo que ocurre cuando se combinan pobreza estructural, élites incapaces, corrupción crónica y ausencia de instituciones. En ese punto, el país deja de ser gobernado y pasa a ser administrado por fuerzas informales: pandillas, caudillos, redes criminales o milicias.

No es un modelo exclusivo de Haití. Versiones más suaves de ese fenómeno aparecen en varios lugares del mundo. La diferencia es que Haití ha llegado hasta el final del proceso.

La pregunta incómoda

La comunidad internacional suele hablar de "estabilizar" Haití, "restaurar el orden" o "reconstruir el Estado". Pero esas expresiones esconden una pregunta mucho más incómoda: ¿qué se hace cuando el Estado ya no existe?

Reconstruir un gobierno es relativamente fácil. Reconstruir una nación —sus instituciones, su cultura política y su confianza social— puede llevar generaciones.

Haití es hoy el ejemplo más extremo de lo que ocurre cuando ese proceso se rompe. Y también una advertencia: los Estados no colapsan de repente. Se deshacen lentamente… hasta que un día dejan de existir.

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