domingo, 1 de marzo de 2026

Las adolescentes españolas ya no quieren ser feministas

Jóvenes sin rollos ideológicos

En un país donde el feminismo marcó la agenda pública durante la última década, sorprende que parte de las adolescentes ya no quiera identificarse con esa etiqueta. Los datos del Barómetro Juventud y Género 2025 de Fad Juventud son claros: solo el 34% de las chicas de 15 a 19 años se define como feminista. El porcentaje es sensiblemente inferior al de hace apenas unos años, cuando el término vivía su momento de mayor expansión social.

¿Qué ha pasado?

En primer lugar, hay un desgaste de la etiqueta. Muchas adolescentes no rechazan la igualdad —de hecho, la mayoría afirma apoyar la igualdad real entre hombres y mujeres y rechazar el machismo—, pero sí desconfían del término "feminismo". Lo perciben como una palabra cargada ideológicamente, asociada a confrontación, radicalismo o instrumentalización política. Según el mismo barómetro, casi la mitad de los jóvenes considera que el feminismo está siendo usado como "manipulación política". Esa percepción pesa.

En segundo lugar, influye la sensación de que la igualdad ya está conseguida. Para muchas chicas nacidas en la década de 2000, crecer en un entorno donde estudian, trabajan y compiten en igualdad formal con los chicos hace que las grandes reivindicaciones históricas les resulten lejanas. No vivieron la discriminación legal ni las luchas estructurales que marcaron a generaciones anteriores. Desde su experiencia cotidiana, no sienten que estén "oprimidas" como colectivo, aunque sí puedan detectar desigualdades concretas.

También hay un factor cultural y generacional. Las nuevas adolescentes se socializan en un entorno digital donde el discurso público está polarizado. En redes sociales, el feminismo aparece a menudo vinculado a debates muy duros sobre identidad, sexualidad, lenguaje o legislación, lo que puede generar rechazo en quienes prefieren definirse simplemente como partidarias de relaciones igualitarias sin adscribirse a corrientes ideológicas. Muchas priorizan una visión práctica: respeto mutuo, reparto equilibrado de responsabilidades en pareja, autonomía económica y libertad personal, sin necesidad de "etiquetas".

Otro elemento es la reacción pendular. Tras años de fuerte visibilidad mediática del feminismo —manifestaciones multitudinarias, presencia institucional, campañas educativas—, parte de la juventud puede experimentar saturación o incluso rebeldía frente a lo que perciben como discurso dominante. Las generaciones jóvenes tienden a distanciarse de los marcos que sienten impuestos o moralizantes, incluso si comparten el fondo de las reivindicaciones.

Paradójicamente, el rechazo al término no implica un regreso masivo al machismo tradicional. La mayoría de las adolescentes sigue defendiendo la igualdad de oportunidades, condena la violencia de género y aspira a relaciones basadas en el respeto. Lo que está en crisis no es necesariamente la idea de igualdad, sino la marca política "feminismo" tal como la perciben hoy.

En definitiva, más que un abandono de la igualdad, lo que parece emerger es una transformación generacional del lenguaje y de las identidades. La pregunta no es solo por qué menos adolescentes quieren llamarse feministas, sino qué significa hoy ser feminista para ellas —y si el movimiento sabrá adaptarse a esa nueva sensibilidad sin perder su razón de ser.

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