domingo, 8 de marzo de 2026

Rosalía se baja del altar feminista

Rosalía

Durante años, la industria cultural necesitó iconos. Y uno de los más celebrados fue Rosalía. La cantante catalana fue presentada como algo más que una artista: un símbolo feminista generacional. Una mujer empoderada, moderna, independiente, convertida en estandarte de una causa que parecía incuestionable.

Pero los iconos tienen un problema: dejan de servir cuando dejan de obedecer.

Y eso es exactamente lo que acaba de pasar.

En una entrevista reciente, Rosalía se desmarcó de la etiqueta feminista con una frase que, en cualquier sociedad normal, sería insignificante: dijo que no se considera dentro de ningún "-ismo". Nada más. No atacó al feminismo, no lo ridiculizó, ni siquiera lo criticó frontalmente. Simplemente rechazó la etiqueta.

Sin embargo, en el clima cultural actual, eso basta para provocar indignación.

La religión ideológica

Lo sucedido revela algo incómodo: el feminismo contemporáneo ya no funciona solo como una reivindicación política. Funciona como una identidad obligatoria.

Especialmente para las mujeres jóvenes, el mensaje implícito es claro: si eres mujer, debes ser feminista.

Y no solo feminista. Debes serlo de una forma concreta, repetir los mismos mantras y aceptar sin discusión las tesis dominantes.

Cuando una mujer se niega a hacerlo, ocurre algo curioso: la supuesta liberación femenina se convierte en una nueva forma de disciplina ideológica.

Rosalía ha experimentado ese mecanismo en tiempo real. Ayer era un icono. Hoy, para algunos sectores, ya es sospechosa.

La rebelión silenciosa de las jóvenes

Pero lo verdaderamente interesante no es Rosalía. Es la tendencia que refleja.

Cada vez más jóvenes —incluidas muchas mujeres— evitan identificarse como feministas, incluso si apoyan la igualdad entre hombres y mujeres. No es que se hayan vuelto reaccionarias. Es que perciben algo que las élites culturales parecen incapaces de reconocer: el feminismo dominante ha derivado hacia una mezcla de moralismo, victimismo identitario y dogmatismo político.

La prueba es sencilla. Cuando alguien cuestiona una idea feminista, rara vez se responde con argumentos. Se responde con descalificaciones.

Es el comportamiento típico de una ortodoxia.

El feminismo contra la feminidad

Este malestar cultural ha empezado a reflejarse incluso en el mundo editorial. Algunos autores han planteado críticas cada vez más directas.

En "The End of Woman: How Smashing the Patriarchy Has Destroyed Us" se sostiene que, en su obsesión por destruir el patriarcado, ciertas corrientes feministas han terminado erosionando la propia identidad femenina.

Algo parecido plantea "The Anti-Mary Exposed", que denuncia la aparición de una "feminidad tóxica" surgida precisamente del rechazo sistemático a los modelos tradicionales de mujer.

Se puede estar de acuerdo o no con estas tesis. Pero el hecho de que estos libros existan y tengan lectores indica algo evidente: el consenso feminista ya no es tan sólido como parecía.

El caso Rosalía ilustra una paradoja reveladora

Durante años, el feminismo cultural celebró a artistas femeninas como símbolos de emancipación. Pero cuando una de esas artistas se niega a repetir el guion ideológico, el movimiento descubre que no tolera demasiado bien la disidencia.

Y entonces ocurre algo curioso:
la mujer libre deja de ser celebrada… y empieza a ser vigilada.

Rosalía no ha liderado ninguna revolución intelectual. Solo ha hecho algo mucho más sencillo: ha rechazado una etiqueta.

Pero en una época en la que la identidad política se ha convertido en una especie de carnet obligatorio, negarse a llevarlo es casi un acto de rebeldía.

Y quizá por eso el gesto ha provocado tanta incomodidad.

Porque a veces el mayor desafío a una ideología no es combatirla, sino simplemente negarse a arrodillarse ante ella.

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