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AfD |
La participación rozó el 78%, la más alta desde la reunificación, mientras la CDU del canciller Friedrich Merz se desplomó a su peor resultado estatal histórico, perdiendo más de la mitad de sus votantes frente a 2021. El resto de fuerzas —SPD, Verdes e Izquierda— se repartió el voto restante, con alrededor del 9% cada una.
Cómo llegó hasta aquí
El crecimiento de la AfD no es súbito. El partido ya había ganado en 2024 su primer comicio regional en Turingia, la primera vez que una formación de extrema derecha se imponía en unas elecciones estatales alemanas desde 1945, y en las legislativas federales de 2025 quedó segunda con casi el 21% de los votos, como mayor partido de oposición. Su avance se concentra en los antiguos estados del este, donde capitaliza el descontento con la inmigración, la inflación y la desconfianza hacia los partidos tradicionales, mientras el resto de fuerzas mantiene el "cordón sanitario" y se niega a pactar con ella.
Por qué se la compara con el nazismo
La comparación no es solo retórica de sus adversarios: tiene respaldo institucional. El 2 de mayo de 2025, la Oficina Federal para la Protección de la Constitución (Verfassungsschutz, el servicio de inteligencia interior) clasificó oficialmente al partido en su conjunto como "extremista de derecha confirmado", tras una investigación de años y un informe de más de mil páginas —el paso más severo adoptado nunca contra un partido con representación parlamentaria en la Alemania reciente—. Según la propia agencia, la decisión se apoya en la retórica xenófoba e islamófoba del partido, que considera una violación sistemática de la dignidad humana protegida por la Constitución.
Más allá del dictamen oficial, los paralelismos con el lenguaje y los gestos del nazismo son concretos. La AfD popularizó el uso de términos como "Volksverräter" (traidores del pueblo) para referirse a políticos rivales y "Lügenpresse" (prensa mentirosa) para los medios, expresiones acuñadas originalmente por la propaganda nazi. Björn Höcke, uno de los ideólogos más influyentes del partido, ha llamado repetidamente —al menos de forma implícita— a la resistencia y a "dar ejemplo" frente a los adversarios políticos, un lenguaje que investigadores asocian con dinámicas de radicalización.
A esto se suman episodios puntuales: el cofundador Alexander Gauland minimizó en su día la dictadura de Hitler calificándola como un episodio menor en la larga historia alemana, y el candidato Maximilian Krah llegó a afirmar que no todos los miembros de las SS fueron criminales, declaraciones que le costaron ser apartado de la campaña europea del partido.
En un país donde la memoria del nazismo es un pilar del consenso democrático de posguerra, estos gestos —sumados a las propuestas de "remigración" masiva y al cuestionamiento abierto de esa cultura de la memoria— explican por qué buena parte de la sociedad y las instituciones alemanas ven en la AfD no solo un partido conservador radical, sino una amenaza directa al orden constitucional.
La clasificación, de todos modos, está lejos de ser pacífica: la AfD la ha recurrido ante el Tribunal Administrativo de Colonia, y en Washington varios altos funcionarios del gobierno de Trump la han criticado públicamente, pidiendo a Alemania que dé marcha atrás.
Qué puede significar para Alemania y Europa
Si la AfD termina gobernando algún estado —algo aún incierto tras Sajonia-Anhalt— se rompería un tabú de posguerra y forzaría al resto de partidos a redefinir su relación con la extrema derecha, ya sea endureciendo el cordón sanitario o empezando a resquebrajarlo, como ya ocurre en otros países europeos.
Su fortaleza también alimenta un debate cada vez más serio sobre una eventual prohibición judicial del partido, una medida drástica y sin precedentes recientes en Alemania. Sea cual sea el desenlace, el caso alemán se ha convertido en el termómetro más vigilado de Europa sobre hasta dónde puede normalizarse la extrema derecha en el corazón del continente.
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