sábado, 5 de septiembre de 2026

El PSOE empieza a salvarse de Sánchez

Se te están acabando las mentiras y la chulería.

Hay momentos en la vida de un partido en los que la disciplina deja paso al instinto de supervivencia. Y todo indica que el PSOE se aproxima a uno de ellos. El debate ya no parece centrarse exclusivamente en cuánto tiempo puede permanecer Pedro Sánchez en La Moncloa, sino en cuánto tiempo puede el socialismo seguir identificándose políticamente con un presidente cuyo desgaste empieza a afectar a sus propias estructuras territoriales.

La tesis de Iván Libreros, en Vozpópuli, apunta precisamente a ese cambio de clima: el PSOE habría comenzado a asumir que Sánchez entra en una fase de ocaso y que, ante un eventual final de legislatura, cada cual empieza a preparar su propia salida.

El episodio de Ceuta ha actuado como acelerador. La crisis no se limita ya a la magnitud de la entrada irregular de personas durante los días 30 y 31 de julio. Se ha convertido en un problema político de primer orden por las dudas sobre la información previa, la actuación de las instituciones y la coordinación del Estado. La propia Audiencia Nacional investiga los hechos y el Gobierno ha tenido que afrontar la controversia sobre los informes policiales y del CNI.

Sánchez respondió en el Congreso reivindicando que los agentes hicieron lo correcto y defendiendo que ninguno de los informes disponibles había anticipado la magnitud de lo ocurrido. Pero una cosa es la explicación institucional y otra, muy diferente, la percepción política. Cuando un Gobierno tiene que dedicar buena parte de su energía a demostrar que no sabía lo que estaba sucediendo, el problema ya no es únicamente administrativo: es de credibilidad.

Y ahí aparece la segunda grieta: los ayuntamientos. El malestar territorial es especialmente incómodo para un partido que históricamente ha encontrado en sus alcaldes y estructuras locales una de sus principales fuentes de poder electoral. La convocatoria de movilizaciones en apoyo de Ceuta ha colocado a numerosos dirigentes socialistas ante una disyuntiva incómoda: obedecer a Ferraz o escuchar a sus propios ciudadanos. RTVE informó de que el PSOE pidió a sus dirigentes territoriales que no participaran en esas concentraciones.

La tercera grieta está dentro del propio Gobierno. La posición cada vez más singular de Margarita Robles resulta significativa. Su distanciamiento público respecto de determinadas posiciones de Sánchez, particularmente en relación con la crisis de Ceuta, revela que la unanimidad ministerial es menos sólida de lo que pretende transmitir La Moncloa.

El problema, por tanto, no es que exista todavía una conspiración organizada para sustituir a Sánchez. No hace falta. Lo verdaderamente peligroso para un líder es que empiecen a desaparecer los incentivos para defenderlo.

Mientras Sánchez conserva el poder, muchos socialistas seguirán a su lado. Pero cuando los cargos territoriales empiezan a calcular qué coste electoral tiene defender cada decisión de La Moncloa, cuando los ministros empiezan a marcar distancias y cuando el debate sobre el futuro deja de ser tabú, aparece el fenómeno que podríamos llamar «sálvese quien pueda».

No significa necesariamente una ruptura inmediata. Significa algo quizá más importante: el comienzo de la pérdida de confianza en el futuro.

Sánchez ha demostrado una extraordinaria capacidad de resistencia. Ha sobrevivido a crisis que habrían derribado a otros presidentes. Pero resistir no es lo mismo que gobernar con autoridad. Un Gobierno puede prolongar su existencia parlamentaria y, al mismo tiempo, encontrarse políticamente agotado.

El PSOE debería preguntarse si su futuro electoral pasa por seguir defendiendo hasta el último día todas las decisiones de Sánchez o por empezar a reconstruir una identidad propia. 

Porque cuando un partido empieza a pensar más en lo que ocurrirá después de su líder que en cómo reforzarlo ahora, el ocaso deja de ser una hipótesis periodística y empieza a convertirse en una posibilidad política.

Y quizá ese sea el verdadero problema de Sánchez: no que sus adversarios hayan encontrado finalmente la manera de derribarlo, sino que algunos de los suyos estén empezando a prepararse para sobrevivirle. 

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