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La certeza, en sí misma, no es un vicio. Sin un mínimo de convicciones firmes, la vida pública sería un lodazal de indecisiones. Pero cuando esa certeza deja de dialogar con la duda, cuando ya no se somete al contraste con la realidad o con el argumento ajeno, se transforma en una coraza. Y toda coraza, por definición, protege… pero también aísla.
El problema no es creer algo con firmeza, sino dejar de examinar por qué lo creemos. Ahí comienza el proceso de congelación: las ideas dejan de ser herramientas para entender el mundo y se convierten en identidades que defender. Ya no se discute para aproximarse a la verdad, sino para proteger una verdad previa. Y en ese tránsito, casi imperceptible, aparece la tentación sectaria.
El sectario no siempre es ruidoso. A veces es metódico, culto incluso. Pero comparte un rasgo esencial: ha clausurado la posibilidad de estar equivocado. Su mundo es coherente porque ha expulsado de él cualquier elemento que lo contradiga. La discrepancia deja de ser un estímulo y pasa a ser una amenaza. Y cuando eso ocurre, la conversación se convierte en un simulacro.
En la vida política y en la intelectual, este fenómeno resulta especialmente dañino. Las sociedades abiertas se sostienen sobre la fricción de ideas, sobre el reconocimiento —implícito o explícito— de que nadie posee la verdad completa. Cuando esa humildad desaparece, lo que emerge no es la fortaleza de las convicciones, sino su caricatura: la rigidez.
Conviene, por tanto, desconfiar un poco de la propia seguridad. No para caer en un relativismo paralizante, sino para mantener viva la capacidad de revisión. La duda no debilita necesariamente una postura; a menudo la afina. Introduce matices, corrige excesos, abre ventanas.
Tal vez el verdadero riesgo no sea estar equivocado, sino dejar de estar dispuesto a comprobarlo. Porque es ahí, en ese instante de clausura íntima, donde comienza el encierro. Y pocas prisiones son más sólidas que aquellas que construimos con nuestras propias certezas.

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