martes, 14 de abril de 2026

El socialismo, y no el embargo, ha empobrecido a Cuba

***

***

Durante décadas, el relato oficial del régimen cubano —y de buena parte de la izquierda internacional— ha sido tan simple como eficaz: si Cuba es pobre, es por culpa del embargo estadounidense. Una explicación cómoda, casi automática, que evita preguntas incómodas y desplaza toda responsabilidad hacia el exterior. Pero los hechos, testarudos, apuntan en otra dirección.

El embargo de Estados Unidos existe desde los años sesenta, sí. Pero reducir la realidad económica cubana a ese factor es, como mínimo, una simplificación interesada. Otros países han sufrido sanciones, bloqueos o aislamiento internacional y, sin embargo, han logrado prosperar o, al menos, evitar el colapso estructural. La diferencia clave no está fuera, sino dentro.

La llegada de Fidel Castro al poder en 1959

Desde la llegada al poder de Fidel Castro en 1959, Cuba adoptó un modelo socialista de planificación centralizada, eliminación de la propiedad privada y control absoluto del Estado sobre la economía. Se prometió igualdad, justicia social y prosperidad. Se obtuvo escasez, dependencia y represión.

El problema de fondo no es el embargo, sino la ineficiencia inherente al sistema. Cuando el Estado decide qué se produce, cuánto se produce y a qué precio se vende, desaparecen los incentivos. La productividad cae, la innovación se estanca y la corrupción encuentra terreno fértil. No es una teoría: es una constante histórica en todos los regímenes socialistas.

El apoyo de la Unión Soviética y Venezuela

Durante años, el régimen cubano sobrevivió gracias al subsidio externo. Primero fue la Unión Soviética, que sostuvo la economía isleña con miles de millones de dólares. Tras su colapso, llegó el turno de la Venezuela de Hugo Chávez, que envió petróleo a cambio de apoyo político y técnico. Cuando esas ayudas desaparecieron o se redujeron, la fragilidad estructural de Cuba quedó al descubierto.

Si el embargo fuera el factor determinante, cabría esperar que la apertura parcial de los últimos años —remesas, turismo, cierta flexibilización comercial— hubiese impulsado una mejora sustancial. No ha sido así. La economía sigue atrapada en un círculo vicioso de baja productividad, desabastecimiento y emigración masiva.

Además, conviene recordar que el embargo no impide a Cuba comerciar con la mayoría del mundo. La isla mantiene relaciones económicas con España, Canadá, China o Rusia, entre muchos otros. De hecho, Estados Unidos es uno de los principales proveedores de alimentos a Cuba bajo excepciones humanitarias. El bloqueo total es, sencillamente, un mito.

El bloqueo interno

El verdadero bloqueo es interno. Es el que impide a los cubanos emprender libremente, invertir, prosperar o decidir su futuro. Es el que obliga a depender del Estado para sobrevivir mientras ese mismo Estado demuestra una incapacidad crónica para generar riqueza.

Culpar al embargo es una coartada política. Permite al régimen justificar el fracaso sin asumir responsabilidades. Pero la evidencia es clara: el empobrecimiento de Cuba no es consecuencia inevitable de una presión externa, sino el resultado directo de un sistema económico fallido.

Porque cuando un país rico en recursos, con capital humano formado y una posición estratégica privilegiada permanece estancado durante más de seis décadas, la pregunta no es qué le han hecho desde fuera, sino qué se ha hecho a sí mismo desde dentro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario