Hay políticos que buscan consensos. Otros prefieren construir trincheras. Donald Trump pertenece, sin matices, a la segunda categoría. Su regreso al primer plano político no ha traído consigo una moderación del tono, sino todo lo contrario: una intensificación de su estrategia de confrontación total. Trump no pacta; combate. Y lo hace contra todos.
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Contra sus rivales demócratas, a los que acusa de destruir el país desde dentro. Contra una parte significativa del Partido Republicano, al que considera tibio, traidor o directamente cómplice del "estado profundo". Contra los jueces que investigan sus causas judiciales, contra los fiscales que le imputan, contra los medios de comunicación que no le son favorables —es decir, casi todos—. Incluso contra aliados internacionales tradicionales, a los que reprocha aprovecharse de Estados Unidos.
En ese frente exterior, las tensiones no son menores. Su relación con líderes europeos como Giorgia Meloni ha oscilado entre la afinidad ideológica y la desconfianza estratégica: aliados en el discurso, pero no necesariamente en los intereses. Más llamativo aún ha sido su tono hacia la Iglesia católica. Sus críticas al Papa León XIV —en línea con sus anteriores choques con el Vaticano— reflejan hasta qué punto Trump no reconoce espacios neutrales: incluso una autoridad moral global es susceptible de convertirse en adversario si discrepa en cuestiones como la inmigración.
La política convertida en una batalla permanente tiene una ventaja evidente: moviliza. Trump entiende como pocos el lenguaje emocional de una parte del electorado que no busca matices, sino certezas; no quiere dudas, sino enemigos claros. En ese terreno, el expresidente se mueve con soltura. Su discurso no pretende convencer a todos, sino activar a los suyos.
Pero esta estrategia también tiene un coste. Gobernar no es lo mismo que agitar. La confrontación constante erosiona las instituciones, debilita los puentes y convierte cualquier intento de acuerdo en una señal de debilidad. La política deja de ser un espacio de negociación para transformarse en un campo de batalla donde el adversario no es alguien con quien discrepar, sino alguien a quien derrotar.
Estados Unidos ya vivió esa dinámica durante su primer mandato. Lo que ahora se plantea es si el país está dispuesto a profundizar aún más en esa lógica. Porque Trump no ha cambiado. Si acaso, ha afinado su instinto combativo. Su proyecto no pasa por integrar, sino por imponerse.
En un mundo cada vez más fragmentado, la tentación de los liderazgos fuertes y polarizadores crece. Trump no es una excepción; es, quizá, el ejemplo más acabado de una tendencia global. La pregunta ya no es si divide —eso es evidente—, sino si esa división es sostenible a largo plazo.
Trump contra todos. Y todos contra Trump. Una ecuación que, lejos de resolverse, amenaza con enquistarse. Y cuando la política se convierte en un combate perpetuo, rara vez hay verdaderos vencedores.
miércoles, 15 de abril de 2026
Trump contra todos
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