domingo, 12 de abril de 2026

Escribir es curativo, pero con ciertas condiciones

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Se ha repetido hasta la saciedad que escribir es terapéutico. Y lo es. Poner palabras al caos interior ordena, alivia, da sentido. La escritura funciona como un espejo que no engaña y como un refugio que no juzga. Pero conviene añadir un matiz que rara vez se menciona: no toda escritura cura. También puede intoxicar.

No es lo mismo escribir para comprender que escribir para ajustar cuentas. Cuando la pluma se convierte en arma, cuando el objetivo no es esclarecer si no herir, el efecto es el contrario al buscado. Se agrava el resentimiento, se enquista el rencor y se refuerza una versión deformada de la realidad en la que uno siempre tiene razón y el otro siempre es culpable. Esa escritura no sana; perpetúa la herida.

La primera condición, por tanto, es la honestidad. Escribir con la voluntad de entender qué nos pasa, no de demostrar que el mundo está equivocado. La segunda, la responsabilidad: asumir que lo que se escribe tiene consecuencias, aunque nadie más lo lea. Las palabras también modelan el pensamiento de quien las escribe.

Hay otra condición esencial: la distancia. Escribir en caliente puede ser necesario como desahogo inmediato, pero no conviene convertirlo en hábito. La emoción desbordada tiende a simplificar lo complejo y a exagerar lo accesorio. Dejar reposar lo vivido antes de narrarlo permite una mirada más justa y, en consecuencia, más sanadora.

La cuarta condición es la intimidad. No todo lo que se escribe debe publicarse. Existe una presión contemporánea por exhibirlo todo, por convertir la experiencia personal en espectáculo. Pero la escritura más útil suele ser la que se queda en el cajón, la que no busca aplauso ni validación externa. Escribir para uno mismo es un ejercicio de libertad; hacerlo para los demás puede convertirse en una forma de dependencia.

También importa el lenguaje. No es lo mismo describir un dolor que recrearse en él. La diferencia es sutil pero decisiva. La primera opción abre la puerta a la comprensión; la segunda, al victimismo. Nombrar lo que duele con precisión ayuda a delimitarlo, a hacerlo manejable. Exagerarlo lo vuelve infinito.

Y, por último, la intención. Escribir para avanzar, no para quedarse. La escritura que cura es la que empuja hacia adelante, la que permite cerrar capítulos, no la que obliga a releerlos una y otra vez con amargura renovada.

Escribir, sí, puede ser medicina. Pero como toda medicina, depende de la dosis y del uso. En manos de la honestidad, alivia. En manos del rencor, envenena. La diferencia no está en las palabras, sino en el propósito que las guía.

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