domingo, 19 de abril de 2026

El terror rojo en el hospital de enfermos mentales de Ciempozuelos (1936)

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En la España convulsa de 1936, donde el odio ideológico se impuso con frecuencia a la razón, pocos episodios resultan tan sobrecogedores como el vivido en el hospital psiquiátrico de Ciempozuelos. Aquel recinto, dedicado a la atención de los enfermos mentales más desamparados, se convirtió en escenario de uno de los capítulos más oscuros de la persecución religiosa durante la Guerra Civil.

La institución estaba regida por los Hermanos de San Juan de Dios, una orden hospitalaria con larga tradición en el cuidado de los marginados. Tras los estragos de la Desamortización española, que desmanteló buena parte del entramado asistencial de la Iglesia, la congregación fue refundada con renovado impulso en el siglo XIX. Su figura clave fue Benito Menni, quien llegó a Madrid en 1870 desde Barcelona acompañado de apenas cuatro hermanos. No eran hombres de letras ni de prestigio social: eran, en su mayoría, humildes zapateros, sostenidos por una fe firme y una vocación de servicio inquebrantable.

En Ciempozuelos levantaron mucho más que un hospital. Construyeron una pequeña ciudad sanitaria de unas 60 hectáreas, con talleres, explotaciones agrícolas y recursos terapéuticos avanzados para la época. Allí se atendía a más de 1.100 pacientes con un equipo de 16 médicos, en una labor que hoy llamaríamos integral: cuerpo, mente y dignidad.

Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil Española alteró radicalmente aquel equilibrio. En los primeros compases del conflicto, el hospital quedó en zona republicana, y pronto se vio envuelto en un clima de creciente hostilidad hacia todo lo religioso. Los hermanos, identificados no como sanitarios sino como representantes de la Iglesia, pasaron a ser objetivo de sospecha y, finalmente, de violencia.

A pesar del peligro, muchos de ellos se negaron a abandonar a los enfermos. Permanecieron en sus puestos, atendiendo a pacientes que, en muchos casos, no podían valerse por sí mismos ni comprender el caos que los rodeaba. Aquella fidelidad tendría un precio altísimo.

Las milicias irrumpieron en el recinto. Hubo detenciones, humillaciones y asesinatos. Algunos religiosos fueron sacados del hospital y ejecutados sin juicio; otros murieron dentro del propio complejo. El terror no solo afectó a la comunidad religiosa: el funcionamiento del centro quedó gravemente alterado, con consecuencias dramáticas para los enfermos, privados de cuidados en medio de la violencia.

Este episodio se inscribe en el marco más amplio de la persecución religiosa en la zona republicana, donde miles de sacerdotes, religiosos y laicos fueron asesinados por su fe. Pero lo ocurrido en Ciempozuelos añade un matiz especialmente trágico: no se trataba de hombres dedicados a la predicación o la política, sino a la atención de quienes la sociedad había relegado al olvido.

Con el paso del tiempo, la memoria de aquellos hechos ha quedado difuminada entre interpretaciones enfrentadas de la Guerra Civil. Sin embargo, la historia del hospital de Ciempozuelos permanece como recordatorio de hasta qué punto la violencia ideológica puede arrasar incluso los espacios consagrados al cuidado y la compasión.

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