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Porque mientras el foco mediático se concentraba en su captura —presentada como un golpe histórico—, el engranaje que sostuvo su poder sigue intacto. Las mismas estructuras, los mismos actores, los mismos intereses. Y, sobre todo, la misma lógica.
Los datos ayudan a desmontar el espejismo del cambio. Venezuela acumula una caída de más del 75% de su PIB desde 2013, una de las contracciones económicas más severas registradas en tiempos de paz. Aunque en los últimos años se ha producido una leve estabilización, el país sigue funcionando a una fracción de lo que fue su economía.
La inflación, que llegó a niveles hiperinflacionarios —superando el 130.000% en 2018—, continúa siendo crónicamente alta, erosionando salarios que en muchos casos no superan los 5 o 10 dólares mensuales en el sector público. La dolarización de facto ha aliviado ciertas transacciones, pero ha profundizado la desigualdad.
En el plano social, el éxodo habla por sí solo: más de 7,7 millones de venezolanos han abandonado el país en la última década, según organismos internacionales. Es la mayor crisis migratoria en la historia reciente de América Latina.
Y en lo político, poco o nada ha cambiado. Organizaciones de derechos humanos siguen denunciando la existencia de presos políticos, restricciones a la prensa y un sistema judicial sin independencia real. Las elecciones continúan bajo sospecha, sin garantías plenas de transparencia.
De hecho, tras la salida de Maduro, las figuras clave del aparato chavista —militares, altos cargos del partido, responsables de seguridad— permanecen en sus puestos. No ha habido depuración, ni reformas institucionales profundas, ni señales claras de transición.
Y ahí reside la clave. El chavismo nunca fue solo un líder, sino una estructura compleja de poder político, económico y militar. Cambiar la cabeza no cambia el cuerpo.
El error ha sido pensar que todo se resolvía con un nombre propio. Como si el problema fuera un hombre y no un modelo.
Pero la historia demuestra lo contrario: los sistemas autoritarios no caen con una detención, sino con una transformación profunda de las estructuras que los sostienen. Y eso, hoy por hoy, no ha ocurrido.
Por eso, la sensación que se extiende entre muchos venezolanos es amarga: se llevaron a Maduro, sí… pero nada ha cambiado. O peor aún: todo sigue igual. Incluso peor.

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