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Michael Douglas |
Lejos de la caricatura del "vividor" o del "libertino", la adicción al sexo se caracteriza por la "pérdida de control sobre impulsos sexuales", a pesar de conocer las consecuencias negativas. No se trata de tener un deseo sexual elevado, sino de una "conducta compulsiva": la persona necesita repetirla para aliviar ansiedad, vacío emocional o malestar interno, del mismo modo que un alcohólico bebe o un ludópata apuesta.
La Organización Mundial de la Salud reconoce el trastorno de comportamiento sexual compulsivo, que incluye:
• Búsqueda constante de encuentros sexuales o pornografía.
• Incapacidad para detener la conducta, incluso tras promesas personales o terapias fallidas.
• Uso del sexo como anestesia emocional.
• Sentimientos posteriores de culpa, vergüenza y autodesprecio.
El placer, paradójicamente, va desapareciendo.
Lo que queda es la compulsión.
No existe un único tipo de adicto al sexo, pero sí patrones comunes:
• "Baja autoestima" camuflada tras una imagen de éxito o seguridad.
• "Dificultad para establecer vínculos emocionales profundos".
• Tendencia a la impulsividad y a la doble vida.
• Historia previa de traumas, abandono o carencias afectivas.
• Uso del reconocimiento externo —conquistas, deseo ajeno— como forma de validación.
Muchos adictos al sexo no buscan placer, sino "huir de sí mismos". El impulso no nace del deseo, sino del vacío.
Michael Douglas habló abiertamente en entrevistas sobre su adicción al sexo, algo inusual en una industria que premia la imagen perfecta y castiga la vulnerabilidad. El actor reconoció que su conducta compulsiva dañó relaciones personales y afectó seriamente a su vida familiar. Su testimonio fue relevante por dos motivos: primero, porque rompió el silencio; segundo, porque desmontó la idea de que el dinero, el poder o el éxito inmunizan contra los trastornos mentales.
Douglas no se presentó como víctima, sino como "responsable de sus actos", diferenciando algo clave: explicar un trastorno no es justificar el daño causado. Este matiz es esencial en un tiempo donde se confunden con demasiada facilidad comprensión y exculpación.
La adicción al sexo deja un rastro profundo:
• Rupturas familiares y divorcios.
• Deterioro de la confianza y la intimidad.
• Riesgos legales y profesionales.
• Aislamiento social.
• Depresión y, en casos extremos, ideación suicida.
A diferencia de otros vicios, el sexo está socialmente normalizado, lo que dificulta detectar cuándo la línea entre libertad y autodestrucción ya ha sido cruzada.
No existe una "cura rápida". El tratamiento suele incluir:
• Psicoterapia especializada.
• Grupos de apoyo.
• Trabajo profundo sobre la regulación emocional.
• En algunos casos, tratamiento farmacológico.
El objetivo no es eliminar la sexualidad, sino "recuperar el control", integrar el deseo en una vida equilibrada y reconstruir relaciones dañadas. El proceso es largo y exige humildad, constancia y responsabilidad personal.
Hablar de adicción al sexo incomoda porque obliga a cuestionar mitos muy arraigados: que el éxito lo justifica todo, que el deseo es siempre liberador, que el hombre poderoso no puede ser frágil. Casos como el de Michael Douglas muestran que detrás del brillo puede haber un profundo desorden interior.
Entender este trastorno no significa banalizarlo ni usarlo como coartada moral. Significa asumir que "la libertad sin control no es libertad, sino otra forma de esclavitud", y que incluso quienes lo tienen todo pueden estar perdiéndose a sí mismos por dentro.

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