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Irene Montero, |
El problema no es el feminismo, sino su instrumentalización
Conviene decirlo desde el principio: criticar el feminismo selectivo no es atacar la igualdad ni negar las violencias reales que sufren millones de mujeres. Es señalar cómo una parte del movimiento ha dejado de ser una defensa transversal de derechos para convertirse en una herramienta partidista. Cuando la ideología manda, la mujer concreta desaparece.
El feminismo selectivo no pregunta primero "¿qué le ha pasado a esta mujer?", sino "¿quién es el agresor?" y "¿en qué marco político encaja?". Si el agresor pertenece al "bando correcto", el silencio se impone. Si el caso cuestiona dogmas ideológicos, se relativiza, se contextualiza o directamente se borra.
Irán, Afganistán y el silencio incómodo
Uno de los ejemplos más clamorosos es el trato desigual a las mujeres que viven bajo regímenes islamistas. En Irán, mujeres asesinadas por no llevar bien el velo; en Afganistán, niñas expulsadas de las escuelas; en Yemen, matrimonios forzados y mutilaciones. ¿Dónde están las grandes movilizaciones del feminismo institucional occidental? ¿Dónde las campañas permanentes, los lemas, las pancartas, los minutos de silencio?
La respuesta es incómoda: denunciar esas violencias obliga a señalar culturas, religiones y regímenes que cierta izquierda considera "intocables" por miedo a ser acusada de islamofobia o colonialismo. Así, miles de mujeres quedan fuera del radar feminista por no encajar en el relato.
Prostitución, vientres de alquiler y otras contradicciones
Otro terreno minado es el de la prostitución y los vientres de alquiler. En nombre de la "libertad de elección", parte del feminismo justifica prácticas que mercantilizan el cuerpo femenino, especialmente el de mujeres pobres. Curiosamente, la defensa de estas prácticas suele coincidir con intereses económicos y con discursos neoliberales que el propio feminismo dice combatir.
Aquí también hay selección: la mujer vulnerable se convierte en "trabajadora empoderada" si eso permite sostener un marco ideológico. La explotación desaparece del lenguaje cuando incomoda.
Violencia sexual y doble rasero político
El feminismo selectivo también aplica un doble rasero en los casos de violencia sexual. Si el agresor pertenece a un entorno conservador, la condena es inmediata y absoluta. Si pertenece a un movimiento afín —revolucionario, antisistema, aliado político— aparecen los matices, las dudas, las llamadas a la prudencia.
No se trata de negar garantías jurídicas, sino de señalar una evidencia: la indignación no es igual para todos. La credibilidad de la víctima depende demasiado a menudo de quién resulte señalado.
Mujeres que no "representan"
Hay además mujeres que simplemente no cuentan. Mujeres de derechas, mujeres críticas con el feminismo hegemónico, mujeres religiosas, mujeres que no asumen el lenguaje identitario dominante. Sus agresiones no movilizan, sus testimonios no se viralizan, sus muertes no se convierten en símbolo.
El mensaje implícito es devastador: hay mujeres de primera y de segunda. Un feminismo que funciona así deja de ser emancipador y se convierte en un club ideológico.
Consecuencias: descrédito y abandono
Este feminismo selectivo no solo traiciona a las mujeres que ignora; también daña al conjunto del movimiento. Alimenta el descrédito social, facilita que se confunda feminismo con propaganda y deja desprotegidas a quienes más lo necesitan.
Cuando la defensa de los derechos depende de afinidades políticas, la justicia deja de ser justicia y se convierte en estrategia.
Recuperar el feminismo universal
El reto es claro: volver a un feminismo que no pregunte por pasaportes, ideologías o contextos culturales antes de defender a una mujer. Un feminismo capaz de denunciar al machismo venga de donde venga: del hogar, del Estado, de la religión, del mercado o del partido político de turno.
Porque cuando el feminismo no defiende a todas las mujeres por igual, deja de ser feminismo y se convierte en una herramienta más del poder. Y las mujeres, una vez más, pagan el precio del silencio.

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