sábado, 17 de enero de 2026

La insoportable levedad del rey

-Su Majestad está "retenido".
-Te equivocas, está levitando. 
-¿Y por qué levita?
-Por derecho divino.

Hay palabras que no son inocentes. No lo son nunca cuando salen de la boca de un jefe del Estado y, menos aún, cuando se refieren a personas privadas de libertad en contextos de violencia, arbitrariedad o chantaje político. Llamarlos "retenidos" no es un simple matiz semántico: es una toma de posición. Y cuando esa palabra la pronuncia Felipe VI, lo que aflora no es prudencia institucional, sino una preocupante levedad moral.

Porque "retenido" sugiere transitoriedad, casi cortesía administrativa. Se retiene un paquete en aduanas, un trámite en una ventanilla, un equipaje extraviado. A las personas se las secuestra, se las detiene ilegalmente, se las priva de libertad. El lenguaje no es un adorno: define el marco moral del problema. Y al optar por la palabra más blanda, el Rey no suaviza la realidad, la diluye.

La Corona española se refugia desde hace años en una neutralidad entendida como silencio o ambigüedad. Se nos dice que el monarca "no puede entrar en política", que su papel es arbitral, que debe medir cada palabra. Pero hay una diferencia sustancial entre no hacer política partidista y abdicar de toda claridad ética. Cuando el Rey evita llamar a las cosas por su nombre, no está siendo neutral: está alineándose con la inercia, con la comodidad del poder y con la diplomacia más cínica.

El caso de los llamados "retenidos" es paradigmático. Personas atrapadas en situaciones límite —ya sea por regímenes autoritarios, conflictos armados o decisiones arbitrarias— no necesitan eufemismos. Necesitan respaldo, presión internacional, una voz que eleve su caso por encima de los despachos. Y esa voz, en una monarquía parlamentaria, debería ser precisamente la del Rey, que no gobierna, pero representa.

Felipe VI heredó una Corona debilitada por los escándalos de su padre y tuvo, al inicio de su reinado, una oportunidad histórica: reconstruir la institución desde la ejemplaridad y el compromiso cívico. En algunos aspectos lo intentó. Pero con el paso del tiempo, su figura se ha ido desdibujando hasta convertirse en un actor casi etéreo, presente en los actos oficiales, impecable en las formas y sorprendentemente liviano en el fondo.

La "insoportable levedad" del Rey no es una cuestión de carácter, sino de función. Un jefe del Estado que no incomoda a nadie acaba siendo irrelevante para todos, salvo para quienes se benefician de su silencio. Cuando el lenguaje se vacía, también se vacía la institución que lo emite. Y una monarquía sin densidad moral es una monarquía prescindible.

No se le pide a Felipe VI que rompa relaciones diplomáticas ni que dicte sentencias desde el atril. Se le pide algo mucho más elemental: claridad. Llamar secuestro al secuestro, injusticia a la injusticia, atropello al atropello. Defender a los ciudadanos —o a las víctimas— con palabras que no puedan ser interpretadas como un guiño al opresor o como una excusa para la pasividad gubernamental.

En un tiempo en el que los autócratas no disimulan y los derechos humanos se negocian como mercancía, el lenguaje blando no es prudencia: es complicidad por omisión. El Rey no firma leyes ni dirige ejércitos, pero su palabra pesa. O debería pesar. Si no lo hace, es porque se ha decidido que no incomode, que no moleste, que no perturbe el delicado equilibrio de la realpolitik.

El problema es que, cuando la Corona se vuelve ingrávida, deja de ser un punto de referencia y pasa a ser un decorado. Y un decorado, por muy solemne que sea, no consuela a quien está privado de libertad, ni interpela a quien abusa del poder, ni representa a una sociedad que, al menos en teoría, se dice democrática.

Felipe VI aún está a tiempo de dotar de peso a su reinado. Pero para ello tendrá que asumir que hay momentos en los que el silencio no protege a la institución, sino que la erosiona. Y que hay palabras —como "retenidos"— que, cuando se usan para no molestar, acaban diciendo mucho más de lo que pretenden ocultar.

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