domingo, 18 de enero de 2026

La victoria de la derecha en España es inexorable, irreversible y abrumadora. ¿Qué hizo la izquierda para "lograr" esto?

Durante décadas, la izquierda española se presentó a sí misma como el horizonte moral del país: el espacio político de la justicia social, de los derechos, de la empatía con los débiles y del progreso histórico inevitable. Hoy, sin embargo, ese relato se ha derrumbado. 

La victoria de la derecha ya no es una hipótesis, sino una tendencia estructural. No es coyuntural, no es fruto de un error puntual del adversario ni de una campaña mediática hostil. Es el resultado directo de años de decisiones políticas, culturales y morales de la propia izquierda.

La pregunta ya no es por qué crece la derecha, sino qué hizo la izquierda para empujar a millones de votantes hacia ella.

1. Del obrero al activista: abandono de su base social

La izquierda dejó de hablar a los trabajadores para hablarse a sí misma. Sustituyó el conflicto social real —salarios, vivienda, precariedad, inflación— por un discurso identitario, académico y moralizante que solo conecta con minorías muy activas en redes y universidades. El obrero, el autónomo, el pequeño empresario, el joven sin futuro y el jubilado que ve encogerse su pensión dejaron de sentirse representados.

Cuando el pan falta en la mesa, el lenguaje inclusivo no llena la nevera. Cuando el alquiler se come el sueldo, las batallas simbólicas suenan a burla. La izquierda decidió que la lucha de clases era antigua y la reemplazó por una jerarquía de agravios identitarios. El resultado ha sido una desconexión total con la España real.

2. Feminismo selectivo y moralmente inconsistente

El feminismo institucional ha sido uno de los mayores activos de la izquierda… y uno de sus mayores suicidios políticos. Al convertirlo en un instrumento partidista, selectivo y sectario, perdió toda autoridad moral. Se defendió a unas mujeres y se silenció a otras según convenía al relato ideológico o al aliado político de turno.

Los escándalos de agresiones sexuales protagonizados por dirigentes o socios políticos fueron minimizados, excusados o directamente ocultados. La incoherencia fue letal: cuando el feminismo deja de ser universal, deja de ser creíble. Y cuando la moral se percibe como hipocresía, el votante castiga.

3. La normalización del insulto y el desprecio al discrepante

La izquierda abrazó una lógica peligrosa: quien no piensa como yo es ignorante, facha, retrógrado o directamente un enemigo de la democracia. Se sustituyó el debate por el señalamiento, el argumento por el linchamiento y la discrepancia por la deshumanización.

Ese clima no solo no convenció a nadie, sino que empujó a muchos votantes moderados hacia opciones que, al menos, no los insultaban. La derecha supo capitalizar ese hartazgo presentándose como refugio frente a la superioridad moral y el dogmatismo.

4. El fracaso económico maquillado con propaganda

La izquierda prometió protección y entregó inseguridad. Prometió prosperidad y entregó inflación. Prometió vivienda y entregó escasez. Prometió empleo digno y multiplicó la precariedad estructural maquillada por estadísticas.

El ciudadano percibe la economía en su bolsillo, no en los gráficos del Gobierno. Y cuando el discurso oficial choca con la experiencia diaria, la credibilidad se evapora. La propaganda puede resistir un tiempo, pero no indefinidamente.

5. El deterioro institucional y el desprecio al Estado de derecho

Indultos a conveniencia, pactos con quienes desprecian la nación, colonización de instituciones, control de medios públicos y una constante relativización de la legalidad cuando estorba al poder. La izquierda justificó todo en nombre de un supuesto "bien superior".

Pero la erosión institucional no distingue colores cuando pasa factura. Muchos votantes, incluso progresistas, han entendido que sin reglas comunes no hay democracia que sobreviva. Y han decidido castigar a quien jugó con fuego.

6. Jóvenes sin futuro, pero con consignas

Quizá el error más grave: traicionar a los jóvenes. Generaciones enteras condenadas a salarios bajos, alquileres imposibles y ausencia de expectativas, mientras se les ofrecía como consuelo un catálogo de consignas ideológicas y causas globales abstractas.

Los jóvenes no se han vuelto "de derechas" por ideología, sino por desesperación. Cuando el sistema no te ofrece nada, votas contra él. Y hoy el sistema tiene un rostro claramente identificado con la izquierda gobernante.

Conclusión: no ganó la derecha, perdió la izquierda

La victoria de la derecha en España no es fruto de un genio estratégico ni de una conspiración mediática. Es el resultado de una izquierda que se alejó de la realidad, se encerró en su burbuja moral y confundió poder con razón.

La derecha no ha conquistado el país: la izquierda lo abandonó.

Y cuando un proyecto político deja de escuchar, de representar y de respetar, su derrota no es una injusticia histórica, sino una consecuencia lógica.

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