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El feminismo clásico —o feminismo igualitario— nació con un objetivo claro: garantizar la igualdad ante la ley y abrir las puertas de la educación, el trabajo y la participación política a las mujeres. Fue una lucha legítima y necesaria que permitió superar discriminaciones evidentes y avanzar hacia sociedades más justas. Aquellas primeras olas no buscaban enfrentar a los sexos, sino derribar barreras injustas que limitaban el desarrollo individual.
Sin embargo, en tiempos recientes ha cobrado protagonismo lo que algunos analistas denominan "feminismo tóxico". Se trata de una corriente que, en lugar de centrarse en la igualdad de oportunidades, pone el acento en una narrativa de confrontación permanente. Bajo este enfoque, los hombres dejan de ser individuos para convertirse en un colectivo homogéneo al que se atribuyen culpas estructurales, mientras que la mujer es presentada, de forma casi inmutable, como víctima de un sistema opresivo.
Este planteamiento, lejos de contribuir al entendimiento mutuo, introduce un elemento de desconfianza en las relaciones personales. Cuando el discurso se construye sobre la base del agravio colectivo, el diálogo se vuelve más difícil y la cooperación entre sexos, más frágil. La convivencia, que requiere reconocimiento mutuo y responsabilidad compartida, se resiente ante mensajes que simplifican la realidad en términos de opresores y oprimidos.
Además, ciertas propuestas asociadas a estas corrientes —como políticas de cuotas rígidas o medidas de ingeniería social— son percibidas por algunos sectores como intentos de sustituir una desigualdad por otra. En lugar de aspirar a la neutralidad de las reglas, introducen criterios que pueden derivar en privilegios unilaterales y alimentar un sentimiento de agravio inverso.
El feminismo igualitario, por el contrario, insiste en la necesidad de mantener el principio de equidad como eje central. Esto implica reconocer que la igualdad no se alcanza enfrentando a unos contra otros, sino garantizando que las normas sean justas para todos. Supone también aceptar que hombres y mujeres comparten desafíos comunes y que la cooperación, y no la confrontación, es el camino más eficaz para resolverlos.
El riesgo de las derivas más radicales no es únicamente teórico. En la vida cotidiana, el deterioro del clima entre hombres y mujeres puede traducirse en relaciones más tensas, en una menor disposición al entendimiento y en una creciente desconfianza que afecta tanto al ámbito personal como al profesional.
Conviene, por tanto, recuperar el espíritu original de aquel feminismo que aspiraba a sumar, no a dividir. La igualdad real no puede construirse sobre el resentimiento, sino sobre el respeto recíproco. Solo desde esa base será posible avanzar hacia una sociedad en la que hombres y mujeres no se perciban como adversarios, sino como aliados en la tarea común de vivir mejor.

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