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Cuando esa frontera se cruza, la política deja de ser una herramienta de representación para convertirse en una maquinaria de erosión del Estado. Y ese deterioro rara vez ocurre de forma abrupta. Comienza con insinuaciones, con campañas de descrédito, con el uso del poder para debilitar contrapesos incómodos, hasta que lo excepcional se normaliza.
La democracia institucional no consiste únicamente en votar cada cierto número de años. Su esencia reside en un entramado de reglas, equilibrios y límites que garantizan que ningún gobierno, por poderoso o popular que sea, pueda confundir mayoría con impunidad. La separación de poderes, la independencia judicial, la libertad de prensa y el respeto a la oposición no son obstáculos para gobernar: son precisamente las garantías de que gobernar no derive en abuso.
Por eso resulta preocupante cuando desde el poder se desacredita sistemáticamente a jueces, tribunales, medios o cualquier órgano de fiscalización bajo la lógica de que toda crítica es una conspiración. Ese discurso, frecuente en liderazgos populistas de distinto signo, persigue una peligrosa simplificación: presentar al gobernante como encarnación del pueblo y a las instituciones como enemigos del cambio. En ese punto, la democracia empieza a mutar hacia una lógica plebiscitaria donde la voluntad del líder pretende situarse por encima de las normas.
La degradación partidista aparece cuando el partido deja de concebir el Estado como una estructura común al servicio de todos y pasa a verlo como patrimonio propio. Colonizar instituciones, premiar la lealtad sobre el mérito, manipular organismos de control o convertir la administración en aparato de propaganda son síntomas claros de esa deriva. El problema no es solo ético; es estructural. Porque una vez debilitadas las instituciones, el daño trasciende a un gobierno concreto y compromete la estabilidad futura del país.
La historia contemporánea ofrece múltiples ejemplos de cómo democracias formales pueden vaciarse desde dentro. No siempre se necesita un golpe de Estado; basta con la captura progresiva de las garantías institucionales.
El autoritarismo del siglo XXI suele vestir traje electoral, conservar urnas y utilizar mayorías para justificar la demolición de límites.
En este contexto, la responsabilidad ciudadana se vuelve crucial. Defender la democracia no significa defender a un partido, sino proteger las reglas que permiten la alternancia, la crítica y la legalidad. Una ciudadanía madura entiende que las instituciones deben resistir tanto a sus adversarios como a sus propios aliados. El verdadero demócrata no exige independencia judicial solo cuando está en la oposición, ni libertad de prensa solo cuando le beneficia.
La frontera decisiva, en última instancia, no está entre izquierda y derecha, ni entre progresismo y conservadurismo. Está entre quienes aceptan que el poder debe someterse a normas y quienes creen que las normas deben someterse al poder.
Cuando la política sacrifica instituciones para obtener ventajas partidistas inmediatas, puede ganar elecciones, pero pierde República. Y cuando una nación pierde el respeto por sus contrapesos, no tarda en descubrir que reconstruirlos es mucho más difícil que destruirlos.
La democracia, en su versión más sólida, no se mide por la fuerza de sus gobernantes, sino por la fortaleza de sus límites. Ahí reside la frontera esencial entre civilización política y decadencia institucional.

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