domingo, 1 de febrero de 2026

Cortesía parlamentaria: los políticos que aún guardan las formas y los que han hecho del insulto su estrategia

Aitor Esteban

La política española atraviesa desde hace años una degradación evidente del tono y de las formas. El Parlamento, que debería ser el espacio del debate sereno y del contraste de ideas, se ha convertido con frecuencia en un escenario de confrontación personal, descalificaciones gruesas y espectáculo pensado más para el titular o el vídeo viral que para la construcción de acuerdos. Sin embargo, no todo está perdido: aún hay dirigentes en activo que mantienen un mínimo de cortesía parlamentaria, frente a otros que han normalizado la agresividad verbal como herramienta política.

Quienes todavía respetan las formas

En un contexto de polarización extrema, algunos políticos destacan precisamente por lo contrario: un tono moderado, respeto al adversario y una voluntad clara de argumentar más que de provocar.

Aitor Esteban (PNV)

Aitor Esteban (PNV) es un ejemplo clásico de cortesía parlamentaria. Sus intervenciones, medidas y técnicas, reflejan una cultura política más institucional, donde el desacuerdo no exige humillar al contrario. No es casualidad que sea respetado incluso por diputados de formaciones rivales.

Margarita Robles (PSOE)

En el ámbito socialista, Margarita Robles suele mantener un tono sobrio y contenido, incluso en debates sensibles. Su estilo contrasta con la crispación general y recuerda una forma más clásica de entender la política. 

Alberto Núñez Feijóo (PP)

En el Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, al menos en sede parlamentaria, ha intentado proyectar una imagen más institucional, evitando en general el insulto directo y apostando por un lenguaje menos bronco, aunque no siempre lo logre en un contexto tan contaminado.

El auge de la agresividad y el insulto

En el extremo opuesto se sitúan aquellos dirigentes que han convertido la confrontación agresiva en su principal seña de identidad. Para ellos, la política es un combate permanente en el que el adversario no es un rival legítimo, sino un enemigo al que desacreditar.

Gabriel Rufián (ERC)

Gabriel Rufián es probablemente el ejemplo más evidente. Sus intervenciones suelen estar diseñadas para generar impacto mediático, con un uso constante de la ironía hiriente, el desprecio personal y el insulto más o menos velado. El aplauso fácil en redes sociales parece primar sobre la calidad del debate.

Óscar Puente (PSOE)

En el PSOE, Óscar Puente ha destacado especialmente por su estilo bronco y confrontativo, tanto en redes sociales como en el debate político. El ataque personal y la ridiculización del adversario forman parte habitual de su repertorio, contribuyendo a normalizar una política más agresiva.

Santiago Abascal (Vox)

Desde Vox, figuras como Santiago Abascal ha hecho de la descalificación global —"gobierno ilegítimo", "enemigos de España", "traidores"— una constante, elevando el tono hasta límites que dificultan cualquier diálogo real.

Tampoco faltan ejemplos en el PP, donde algunos portavoces autonómicos y nacionales han optado por mimetizarse con la dureza del adversario, abandonando la moderación para no parecer "débiles" ante un electorado cada vez más polarizado.

Una cuestión de calidad democrática

La diferencia entre unos y otros no es solo de estilo, sino de concepción de la democracia. La cortesía parlamentaria no implica tibieza ni renuncia a las ideas propias; significa entender que el adversario político no es un enemigo moral, y que el respeto a las formas protege a las instituciones.

Cuando el insulto se convierte en norma, el Parlamento se vacía de contenido y la política se reduce a un espectáculo de trincheras. Identificar y valorar a quienes aún mantienen las formas no es un ejercicio nostálgico, sino una defensa básica de la calidad democrática. Porque cuando desaparece la cortesía, lo siguiente que suele desaparecer es el debate.

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