Durante años, el tren de alta velocidad fue presentado como uno de los grandes símbolos del progreso en España: rapidez, modernidad y seguridad. Sin embargo, esa imagen comienza a resquebrajarse. Según los últimos datos, cuatro de cada diez españoles consideran que el AVE es poco o nada seguro, una cifra que marca un punto de inflexión preocupante. Por primera vez, la alta velocidad genera más desconfianza que el tren convencional, y también que medios tradicionalmente percibidos como más arriesgados, como el autobús o incluso el coche.
El dato no es menor. La seguridad no es un valor añadido en el transporte público: es su pilar fundamental. Cuando una parte tan significativa de la población empieza a dudar de ella, algo se ha hecho mal. No se trata solo de percepción, sino de una acumulación de señales: incidencias técnicas cada vez más frecuentes, retrasos prolongados, trenes detenidos durante horas y una gestión de crisis que, en demasiadas ocasiones, ha sido lenta, opaca o directamente inexistente.
La alta velocidad española ha crecido mucho en kilómetros, pero no necesariamente en confianza. La expansión acelerada de la red, a veces guiada más por criterios políticos que técnicos, ha tensionado el sistema. A ello se suma el deterioro del mantenimiento, la falta de inversión en infraestructuras clave y una evidente dificultad para responder con eficacia cuando algo falla. El resultado es un servicio que ya no transmite control ni fiabilidad, justo lo contrario de lo que debería ofrecer.
Que el AVE sea percibido como menos seguro que el tren convencional es especialmente revelador. El usuario parece intuir que lo "de siempre", aunque más lento, es también más robusto y predecible. Y que la alta velocidad, pese a su tecnología, se ha vuelto frágil: demasiado dependiente de sistemas complejos que, cuando fallan, dejan al viajero indefenso.
Más inquietante aún es que el coche y el autobús, medios con mayor siniestralidad objetiva, inspiren hoy más confianza. Esto demuestra que la seguridad no se mide solo en estadísticas, sino también en sensación de control, información y respuesta ante los problemas. Y ahí el tren de alta velocidad está suspendiendo.
Recuperar la confianza no pasa por campañas publicitarias ni por negar la evidencia. Exige inversiones serias, mantenimiento riguroso, transparencia informativa y responsabilidad política. La alta velocidad puede seguir siendo una gran herramienta de cohesión y movilidad, pero solo si vuelve a cumplir lo más básico: que el ciudadano sienta que subirse a un tren no es un acto de fe, sino una decisión segura.
domingo, 1 de febrero de 2026
La alta velocidad genera más desconfianza que el tren convencional
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