lunes, 12 de octubre de 2026

Debacle de la izquierda: PP y Vox suman ya 212 escaños y el 53% de los votos

Yolanda Díaz

La izquierda española no se enfrenta simplemente a una derrota electoral: se enfrenta al agotamiento de un ciclo político. Cuando el Partido Popular y Vox suman 212 escaños y el 53% de los votos, el problema de Pedro Sánchez deja de ser la aritmética parlamentaria para convertirse en algo mucho más profundo: la pérdida de la mayoría social que hizo posible su llegada y permanencia en el poder.

Durante años, Sánchez ha construido su supervivencia sobre una premisa: reunir a todas las fuerzas dispuestas a impedir un Gobierno del PP y Vox, aunque sus intereses, programas y concepciones del Estado sean difícilmente conciliables. Esa fórmula permitió alcanzar mayorías parlamentarias, pero nunca garantizó conservar una mayoría electoral. Gobernar mediante pactos no equivale a convencer a la sociedad.

El PSOE puede resistir mejor que sus aliados y evitar un hundimiento todavía mayor. Pero esa resistencia tendría un valor relativo si el conjunto de la izquierda pierde la capacidad de disputar el poder. El retroceso de Sumar y de las formaciones situadas a su izquierda revelaría, además, el fracaso de un espacio político que prometió transformar la sociedad y terminó subordinado a las necesidades de supervivencia de Sánchez.

El presidente ha incorporado buena parte del discurso y de las banderas de sus socios para contener la fuga de votantes moderados y mantener cohesionada su mayoría. Sin embargo, esa estrategia tiene un coste: diluye la identidad de sus aliados sin resolver las contradicciones del Gobierno. La izquierda alternativa corre así el riesgo de quedarse sin electores, sin autonomía política y sin una propuesta reconocible.

A ello se suma el desgaste acumulado por la corrupción, las concesiones a los socios parlamentarios, la crispación institucional y la incapacidad de ofrecer respuestas convincentes a problemas cotidianos como la vivienda, las infraestructuras o la inmigración. La distancia entre el discurso oficial y las preocupaciones de una parte de la ciudadanía termina pasando factura. Ninguna apelación permanente al miedo a la derecha puede sustituir indefinidamente a una gestión eficaz.

La abstención merece una atención especial porque puede revelar una desafección más profunda que el simple trasvase de votos. Si castiga especialmente a los antiguos socios del Gobierno, significaría que una parte de su electorado ya no encuentra razones suficientes para movilizarse. No necesariamente son votantes que hayan abrazado las posiciones del PP o de Vox. Puede tratarse, sencillamente, de ciudadanos decepcionados, cansados de las promesas incumplidas o convencidos de que las disputas internas de la izquierda han desplazado los problemas reales.

Naturalmente, los sondeos no son sentencias definitivas. La campaña puede modificar preferencias y la participación alterar los equilibrios. Pero sería un error despachar estas señales como una fotografía pasajera. Cuando la derecha aparece en condiciones de gobernar con holgura, lo razonable es preguntarse qué ha dejado de funcionar en el bloque contrario.

La respuesta apunta a una evidencia incómoda para la izquierda: su principal adversario ya no es únicamente la derecha, sino también su propio desgaste. Sánchez puede seguir apelando a la movilización contra Feijóo y Abascal, pero esa estrategia pierde eficacia cuando una parte creciente de la sociedad juzga al Gobierno por sus resultados y no por sus advertencias.

Si esta tendencia se confirmara en las urnas, no estaríamos ante una alternancia ordinaria, sino ante el fracaso de un modelo político basado en la resistencia parlamentaria, la polarización y los acuerdos de conveniencia. La izquierda tendría que revisar sus liderazgos, sus prioridades y su relación con una ciudadanía a la que parece haber dejado de escuchar.

Cuando un proyecto político pierde credibilidad, ni la suma de aliados ni la movilización contra el adversario bastan para garantizar su continuidad. La cuestión ya no es cómo puede Sánchez conservar el poder a cualquier precio, sino cuánto tiempo puede seguir ignorando las señales de una derrota que, de confirmarse, sería también el balance de sus propios errores.

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