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Durante meses, Pedro Sánchez ha construido buena parte de su estrategia internacional sobre la confrontación con Donald Trump. El presidente español ha buscado presentarse como el principal contrapunto europeo al nuevo ocupante de la Casa Blanca, convencido de que esa imagen reforzaría su liderazgo entre los sectores progresistas del continente. Sin embargo, cuando la política exterior se convierte en una herramienta de propaganda interna, el riesgo es que deje de servir a los intereses nacionales.
Los datos conocidos sobre las inversiones estadounidenses invitan, como mínimo, a una seria reflexión. Las desinversiones procedentes de Estados Unidos se han disparado durante el primer trimestre del año hasta niveles inéditos. Nadie puede afirmar con absoluta certeza que toda esa salida de capital responda exclusivamente al deterioro de las relaciones políticas entre Washington y Madrid. La economía nunca depende de una sola variable. Pero tampoco resulta razonable ignorar que el clima político influye decisivamente en las decisiones empresariales.
El capital busca estabilidad, previsibilidad y gobiernos capaces de mantener relaciones fluidas con sus principales socios. Cuando un país transmite la imagen de mantener un enfrentamiento permanente con la primera potencia económica y militar del mundo, inevitablemente algunos inversores reconsideran sus planes.
Sánchez parece haber confundido la defensa de posiciones políticas con la necesidad de mantener una relación institucional eficaz. Los aliados pueden discrepar, incluso profundamente, sobre cuestiones estratégicas. Lo que no suele resultar inteligente es convertir esas diferencias en un elemento permanente de confrontación pública. La diplomacia eficaz consiste precisamente en defender los intereses propios sin deteriorar innecesariamente las relaciones bilaterales.
Mientras otros gobiernos europeos han optado por una relación pragmática con la Administración Trump, el Ejecutivo español ha preferido ocupar un lugar destacado en la oposición política internacional al presidente estadounidense. Esa estrategia puede proporcionar titulares durante unos días, pero difícilmente atrae inversiones, genera empleo o mejora la competitividad de la economía española.
Lo verdaderamente preocupante es que el coste de estos errores nunca lo pagan quienes los cometen. No será el presidente del Gobierno quien vea reducido su patrimonio si una multinacional decide invertir en otro país. Serán los trabajadores que dejan de acceder a nuevos empleos, las empresas auxiliares que pierden contratos y las regiones que dejan escapar proyectos industriales de gran dimensión.
La política exterior no debería utilizarse para construir relatos ideológicos. Su función es proteger los intereses nacionales. España necesita atraer capital, tecnología y talento, no enviar señales de incertidumbre a quienes pueden contribuir a su crecimiento económico.
Puede discutirse si Trump exagera sus respuestas o utiliza la presión económica como instrumento político. Lo que resulta mucho más difícil de negar es que Estados Unidos sigue siendo una potencia capaz de influir decisivamente en los flujos internacionales de inversión. Ignorar esa realidad sería un ejercicio de voluntarismo político; pagar sus consecuencias, una imprudencia económica.
Gobernar exige medir las palabras por sus efectos. Cuando la retórica termina alejando inversiones, la política deja de ser un ejercicio de liderazgo para convertirse en un lujo demasiado caro para el conjunto de los ciudadanos.
Conversaciones con Jesús - 1ª parte
https://www.bubok.es/libros/285416/conversaciones-con-jesus

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